
Era enero de 1884. Una mujer británica bajó de un velero de pescadores en una playa de Corralejo, miró el horizonte y anotó en su cuaderno que aquel lugar era un simple «conjunto de chozas» iluminadas por el azul del Atlántico y el negro volcánico de la Isla de Lobos. Su nombre era Olivia Stone , y lo que hizo a continuación cambió para siempre la manera de entender Fuerteventura.
Hoy, 140 años después, la isla que ella recorrió a lomos de camello sigue siendo reconocible en muchos de sus rincones. Seguir su huella es uno de los viajes más singulares que puede hacerse en Canarias: un recorrido en el tiempo que conecta el presente con una realidad que Stone inmortalizó en su obra Tenerife and its Six Satellites (1887), libro de referencia para cualquier apasionado del archipiélago.
Quién fue Olivia Stone: más que una simple viajera

Nacida en Irlanda, Olivia Mary Hartrick Stone era hija de un reverendo y tenía ya una publicación de viajes en su haber —Norway in June (1882)— antes de poner un pie en Canarias. Viajó siempre junto a su marido, John Harris Stone, abogado y aficionado a la fotografía y el dibujo, que documentó visualmente el periplo mientras ella escribía con una precisión etnográfica extraordinaria.
Los Stone llegaron a Canarias en septiembre de 1883 y recorrieron las siete islas durante cinco meses. Fuerteventura fue la penúltima parada, reservada para enero de 1884, cuando la isla llevaba siete años consecutivos de sequía. Stone sabía que no iba a encontrar postales paradisíacas. Fue precisamente eso lo que buscó: la realidad sin filtros de una sociedad al límite.
Su obra es hoy considerada uno de los testimonios viajeros más completos y fidedignos del archipiélago en la era victoriana tardía. En 1995 fue traducida al castellano y publicada como Tenerife y sus seis satélites ( Cabildo Insular de Gran Canaria, traducción de Marcos Hormiga), edición que incorpora notas geográficas y correcciones de errores del original inglés.
Día 1 · Corralejo: bienvenida entre pescadores y camellos

El miércoles 30 de enero de 1884, tras cruzar desde Lanzarote por el estrecho de La Bocaina , los Stone desembarcaron en Corralejo. El pueblo que encontraron era exactamente lo contrario del resort internacional de hoy: cuatro paredes de piedra, suelos de tierra y muebles escasos. Pero Stone no lo vio como un defecto. Desde las puertas abiertas de aquellas casas se divisaba «el mar azul y las piedras negras de la Isla de Lobos«, y eso, anotó, era suficiente belleza.
Su anfitrión, Don Víctor Acosta, tenía camellos listos. Mejor dicho, dromedarios: Stone fue una de las primeras observadoras en apuntar que los llamados «camellos» de Fuerteventura eran en realidad animales de una sola joroba importados de África, muy distintos de los asiáticos de dos jorobas.
Si viajas hoy: Corralejo conserva el espíritu marinero en su puerto pesquero. El Parque Natural de las Dunas de Corralejo , al sur, es uno de los espacios protegidos más espectaculares de Canarias, con 10 kilómetros de arena blanca que Stone jamás imaginó.
Día 1 (tarde) · La Oliva: pajeros, granos y una panorámica eterna
Desde Corralejo, la comitiva avanzó a paso de camello por un paisaje de rocas volcánicas y líquenes grises, cruzando el caserío de Villaverde, «reciente y verde», con cercados de papas y tuneras para la cochinilla. Al anochecer llegaron a La Oliva.
Fue aquí donde Stone dejó una de sus frases más evocadoras. Desde lo alto de la torre de la iglesia, contempló el panorama y escribió: «La Llanura es La Oliva y La Oliva es la llanura.» Las casas estaban tan dispersas que apenas podía hablarse de pueblo. Lo que sí la deslumbró fue el «enjambre» de pajeros: estructuras cónicas de barro y paja que protegían el grano del agua y los roedores. Stone las comparó con depósitos que solo había visto descritos en textos sobre Persia.
Si viajas hoy: La Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, con su espadaña visible desde kilómetros, sigue siendo el hito visual de La Oliva. La Casa de los Coroneles, ese edificio gris de dos pisos con balcones que Stone también mencionó al pasar camino de Puerto Cabras, está restaurada y abre como espacio cultural.
Día 2 · Puerto Cabras: la capital del hambre y la cal

El jueves 31 de enero los Stone iniciaron la ruta hacia Puerto Cabras, el actual Puerto del Rosario. Cruzaron La Caldereta, casas de piedra y tierra, y el barranco de Tinojay, donde todavía existían cuevas habitadas por los descendientes de los antiguos majos. Al llegar a la costa, la bahía de Puerto Lajas los recibió con sus piedras negras y hornos de cal viva.
La capital que encontraron era un pueblo pequeño con calles desoladas dominadas por una planta que Stone identificó como Nicotiana glauca —el popularmente llamado «mimo»— cuya resistencia a la sequía lo había convertido en el único verde visible. Se alojaron en la fonda de Doña Benigna Pérez y Don José Galán, pagando 12,50 pesetas por dos personas. La industria estrella de la isla, anotó con ironía, era la piedracal: no había comercio relevante más allá de ese.

La situación social la conmovió. Muchas familias se alimentaban de gofio hecho con barrilla o cosco —sustitutos miserables— porque la caída de los mercados de la cochinilla y la barrilla había arruinado la economía insular, provocando una emigración masiva hacia otras islas o América.
Si viajas hoy: Puerto del Rosario es hoy la capital administrativa de la isla, con museos de arte al aire libre y el Centro de Arte Juan Ismael. Un espacio muy distinto del pueblo fantasmal que contempló Stone.
Día 3-4 · Antigua: el oasis de las norias
El sábado 2 de febrero, la expedición se internó hacia el corazón de la isla. Pasaron por Casillas del Ángel, donde el canto de los canarios silvestres animó el trayecto, y cruzaron el cauce seco del Río Cabras, bordeado de tarahales.

Al llegar a Antigua, Stone experimentó algo parecido al alivio: un verdadero oasis en medio de la aridez. Se maravilló con el sistema de norias articuladas sobre pozos, un ingenio hidráulico que en años de lluvia permitía obtener hasta tres cosechas. La acogió el Arcipreste Don Marcos Trujillo con huevos, queso y miel, y la viajera bromeó con que aquel hombre vivía «enterrado en vida» en tan remoto lugar, aunque con exquisita hospitalidad.
Si viajas hoy: El Museo del Queso Majorero en Antigua es parada imprescindible. El queso que Stone degustó —tierno, de cabra— sigue siendo uno de los grandes emblemas gastronómicos de la isla, con Denominación de Origen Protegida desde 1996.
Día 4 · Betancuria: la capital detenida en el tiempo
Desde Antigua, el camino ascendió hasta los 600 metros de la cordillera central. Olivia describió la emoción de alcanzar la cumbre: al norte, la llanura de Antigua; al sur, Betancuria encajada en una hondonada como una ciudad en miniatura protegida del mundo.

Betancuria le pareció un lugar atrapado en su propio pasado, conservando la atmósfera de sus orígenes normandos del siglo XV. Stone visitó la iglesia de Santa María, destacando el cuadro de «La Nave de la Iglesia» en la sacristía y los techos de madera tallada. Encontró las calles casi vacías: su anfitrión previsto, Don Rafael de la Mota, se había ido a las fiestas de La Oliva.

Si viajas hoy: Betancuria sigue siendo la joya histórica de la isla. La iglesia, el museo arqueológico y el paisaje del Barranco de las Peñitas forman uno de los conjuntos patrimoniales más completos de Canarias. El eje Vega de Río Palmas–Betancuria es considerado hoy un paisaje protegido de primer orden.
Día 5 · El Paso de Las Peñitas: el gran secreto de Olivia Stone

Este es, quizás, el descubrimiento más apasionante de todo su recorrido. Al avanzar desde Betancuria hacia Pájara, Stone se adentró en el Paso de Las Peñitas, una garganta de granito —sienita, precisa ella— que la dejó sin palabras. La vereda medía apenas tres pies de ancho (unos 90 cm), y el camello cargado apenas lograba pasar sin que el equipaje golpeara las paredes de roca. Stone viajó «plácidamente» sentada con los pies colgando sobre el precipicio.

Lo extraordinario es que un lugareño al que preguntaron por el camino les respondió que allí no había «nada, absolutamente nada» que ver. Stone demostró que estaba equivocado: el barranco, una represa de piedra construida para retener las lluvias, y la pequeña ermita de la Virgen de las Peñitas, conectada con leyendas de apariciones milagrosas, componían uno de los rincones más sobrecogedores del archipiélago.
Si viajas hoy: La ermita de la Virgen de las Peñitas sigue en pie y puede visitarse. El sendero del Barranco de las Peñitas es una de las rutas de senderismo más recomendadas de Fuerteventura, perfecta para quienes quieran vivir exactamente lo que Olivia Stone describió: una garganta de granito en silencio, sin turistas, con el sonido del agua en los años buenos.
Día 6 · Pájara y Tiscamanita: gofio, frangollo y una noche inesperada

Al llegar a Pájara agotados y hambrientos, Stone sufrió uno de sus pocos contratiempos: el anfitrión previsto, Don Pedro Brito, los rechazó. Los rescató el joven cura del pueblo, que les ofreció gofio, queso y un té de manzanilla silvestre que la viajera recordó con afecto. «La sencillez y la cortesía de este clérigo nos dejaron encantados», escribió.
En Tiscamanita, su anfitrión fue Don Marcial Velázquez, un hombre que había elaborado un plano en relieve de toda la isla con sus propias manos. Fue allí donde Stone probó el frangollo —trigo molido hervido con arroz y leche— y lo calificó de «excelente y apetitoso». Un plato que sigue preparándose en Fuerteventura con casi la misma receta.
Día 7-8 · Gran Tarajal: el final bajo la lluvia

El 7 de febrero de 1884, los Stone llegaron a Gran Tarajal bajo una tormenta que rompió siete años de sequía. Stone describió el puerto como una playa de «canela oscura» y un pueblo humilde de pescadores. Pasaron la noche allí y embarcaron de madrugada en el pailebot Santiago, rumbo a Gran Canaria, por 10 pesetas.
El total del viaje por Fuerteventura —ocho días, siete paradas, 150 kilómetros aproximados a camello— ascendió a 31,65 pesetas para dos personas.
Lo que Stone vio que nosotros no vemos

Stone no fue solo una turista: fue una cronista con conciencia social. Denunció el encierro de las mujeres burguesas, «robadas de su belleza por costumbres obsoletas». Describió con detalle cómo el campesinado majorero sobrevivía con sistemas de gavias y nateros para retener el agua de lluvia. Y a pesar de todo, escribió sobre los majoreros como personas «elegantes y listas», con un orgullo sereno que contrastaba con su pobreza material.
Su mirada sigue siendo un espejo extraordinario. Recorrer Fuerteventura hoy con su libro en la mano es descubrir que algunas cosas cambiaron por completo y otras, en el silencio del interior de la isla, permanecen casi intactas.
Tabla resumen del recorrido de Olivia Stone
| Etapa | Fecha | Medio | Gasto (2 personas) |
| Corralejo → La Oliva | 30 ene | Camello | Incluido en alojamiento |
| La Oliva → Puerto Cabras | 31 ene | Camello | — |
| Fonda de Puerto Cabras | 31 ene – 1 feb | Alojamiento | 12,50 pts |
| Puerto Cabras → Antigua | 2 feb | Camello | 4,00 pts |
| Antigua → Pájara (vía Betancuria) | 3-4 feb | Camello | 3,65 pts |
| Pájara → Tiscamanita | 5 feb | Camello | 1,25 pts |
| Gran Tarajal → Las Palmas | 7 feb | Goleta Santiago | 10,00 pts |
| Total | ~31,65 pts |
¿Dónde puedo leer el libro de Olivia Stone?
La edición en castellano —Tenerife y sus seis satélites, traducción de Marcos Hormiga— fue publicada por el Cabildo Insular de Gran Canaria (1995). Puede consultarse en bibliotecas públicas canarias y en algunas librerías de viejo.
¿Se puede hacer hoy la ruta que hizo Stone?
Sí, en gran medida. Varios pasajes de su recorrido coinciden con senderos señalizados del GR-131 y rutas locales. El tramo del Barranco de las Peñitas es especialmente recomendable.
¿Qué queda del Fuerteventura que vio Stone?
Betancuria, el Paso de Las Peñitas, la ermita de la Virgen de las Peñitas, el paisaje árido del interior y la gastronomía (gofio, queso majorero, frangollo) son los vínculos más directos con la isla de 1884.
¿Qué comió Olivia Stone durante su viaje?
Gofio, queso de cabra, huevos fritos, carne de cordero y cerdo, miel, frangollo, papas, pescado seco y té de manzanilla silvestre. Una dieta de subsistencia que hoy se reivindica como cocina de kilómetro cero.
¿Por qué es importante la obra de Olivia Stone para Fuerteventura?
Es el testimonio escrito más completo y sistemático de la isla antes de la modernización. Sus observaciones sobre arquitectura vernácula, sistemas de irrigación, gastronomía y estructura social son fuente primaria para historiadores, antropólogos y geógrafos.
¿Quieres explorar esta ruta?
El Cabildo de Fuerteventura ofrece mapas de senderos en su web oficial, y el Patronato de Turismo de la isla dispone de rutas culturales por el interior que pasan por varios de los puntos mencionados por Stone. Una buena librería local, un buen par de botas y el libro entre el equipaje son todo lo que necesitas para viajar, a la vez, en el espacio y en el tiempo.
