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El Saladar de Jandía: el milagro ecológico que resiste en Fuerteventura

    Imagen de vistas de Morro Jable 002 en Fuerteventura

    Hay lugares que pasan desapercibidos en Fuerteventura. A simple vista parecen paisajes silenciosos, casi vacíos. Pero basta detenerse unos minutos para descubrir que esconden una complejidad fascinante. El Saladar de Jandía, en la Playa del Matorral, al sur de Fuerteventura, es uno de esos sitios.

    Entre la arena de la playa y el agua salada existe un ecosistema único en Canarias: un humedal costero capaz de sobrevivir en una de las zonas más antropizadas del archipiélago. Un espacio tan extraordinario que fue reconocido como humedal de importancia internacional por el Convenio Ramsar y que, todavía hoy, sigue siendo el único de esta categoría en todas las Islas Canarias.

    Pero ¿qué hace tan especial a este lugar? ¿Por qué científicos y ecologistas lo consideran un auténtico tesoro natural?

    Un humedal imposible en medio de la aridez

    Cuando pensamos en un humedal solemos imaginar marismas verdes, lagunas llenas de aves o grandes extensiones de agua dulce. El Saladar de Jandía rompe todos esos esquemas.

    La Playa del Matorral, playa de la Solana o del Saladar,
    La Playa del Matorral, playa de la Solana o del Saladar.

    Aquí, el agua no llega principalmente de ríos ni lluvias abundantes —algo casi inexistente en el sur de Fuerteventura—, sino del propio océano. El mar entra y sale siguiendo el ritmo de las mareas, inundando parte del terreno y dejando pequeñas charcas salinas que cambian continuamente de forma.

    Geomorfológicamente, este paisaje nació como un pequeño delta en la desembocadura del barranco de Vinamar. Durante miles de años, sedimentos arrastrados por barrancos y arenas costeras fueron modelando una antigua laguna hasta crear el humedal actual.

    El resultado es un paisaje aparentemente austero, pero increíblemente vivo.

    Y aquí surge una pregunta inevitable:

    ¿Cómo puede sobrevivir la vida en un suelo tan salado?

    La respuesta está en la extraordinaria capacidad de adaptación de las especies que viven aquí.

    Las plantas que aprendieron a vivir con sal

    El Saladar de Jandía: el milagro ecológico que resiste en Fuerteventura

    El Saladar de Jandía es un ecosistema halófilo, es decir, especializado en convivir con elevadas concentraciones de sal. Para la mayoría de las plantas, este entorno sería letal. Sin embargo, las especies del saladar evolucionaron para convertir un problema en ventaja.

    Muchas tienen hojas carnosas o suculentas capaces de almacenar agua y diluir la sal. Otras expulsan el exceso mediante glándulas especializadas.

    Entre las protagonistas vegetales destacan:

    El «matorral de resistencia» y la presión humana

    El Saladar de Jandía: el milagro ecológico que resiste en Fuerteventura

    Pero el saladar no es un ecosistema estático; cuenta la historia de su entorno. Debido al deterioro ambiental y a la cercanía urbana, la vegetación ha tenido que mutar y defenderse en lo que los científicos llaman «matorrales de regresión». Son las plantas que dan la cara en los límites con la civilización (pasarelas, pistas, escombreras y la desembocadura del barranco de Vinamar):

    • El equipo de choque (Chenoleo tomentosae – Suaedetum molli): Bajo este nombre técnico se esconde una asociación de plantas muy dura, liderada por la la aulaga (Launaea arborescens), que ha tomado grandes extensiones para proteger el suelo degradado.
    • Tabaco moruno (Nicotiana glauca): Una planta de origen sudamericano que se ha adaptado tan bien a los entornos alterados por el ser humano que ya vigila las fronteras del saladar.

    Caminar por las pasarelas del humedal es observar un paisaje aparentemente monocromático que, en realidad, está lleno de matices biológicos y adaptaciones evolutivas sorprendentes.

    El aeropuerto secreto de las aves migratorias

    Imagen de Zarapito Trinador Numenius Phaeopus 001 en Fuerteventura

    Si hay algo que enamora a observadores de naturaleza y fotógrafos es el papel del saladar como refugio para las aves migratorias.

    Miles de aves utilizan este rincón como estación de descanso durante sus largos viajes entre Europa y África. Para muchas especies, detenerse aquí puede significar literalmente sobrevivir.

    Se han observado aves limícolas como el chorlitejo, zarapitos, vuelvepiedras, correlimos y cigüeñuelas. También especies menos frecuentes encuentran refugio temporal en sus aguas poco profundas.

    Correlimos Tridáctilo (Calidris alba)
    Correlimos Tridáctilo (Calidris alba)

    Además, el humedal alberga fauna terrestre singular, como el lagarto atlántico majorero , adaptado a las duras condiciones del sur de Fuerteventura.

    Y una de las curiosidades más sorprendentes: históricamente se han documentado episodios excepcionales relacionados con la presencia de la tortuga laúd, un fenómeno rarísimo en territorio europeo.

    Un ecosistema protegido… pero frágil

    El Saladar de Jandía: el milagro ecológico que resiste en Fuerteventura

    Podría parecer que un espacio tan valioso está completamente a salvo. La realidad es más compleja.

    Durante décadas, el crecimiento turístico de Morro Jable afectó gravemente al humedal. Vehículos atravesaban el saladar, se depositaron escombros de construcciones hoteleras y se alteraron los flujos naturales del agua marina.

    El ecosistema estuvo cerca de perder parte de su funcionalidad ecológica.

    Afortunadamente, comenzaron a llegar figuras de protección:

    • 1987: protección como paraje natural.
    • 1994: reclasificación como Sitio de Interés Científico.
    • 2000: incorporación como espacio europeo protegido.
    • 2002: entrada en el Convenio Ramsar.
    • Posteriormente: protección como ZEPA y ZEC para aves y conservación de hábitats.

    Sin estas medidas, probablemente hoy hablaríamos de un espacio degradado o desaparecido.

    La amenaza silenciosa de las especies invasoras

    No todas las amenazas son visibles.

    Las «polizonas» de la jardinería: Especies alóctonas e invasoras

    El gran reto actual del saladar es la llegada de vecinas inesperadas. Especies que escaparon de los jardines cercanos o llegaron por la acción humana y que ahora compiten por el espacio. ¡Algunas son auténticas conquistadoras!

    Otras duras de pelar: El Salado de jardín (Limoniastrum monopetalum), el Carrizo (Phragmites australis) y la Verdolaga de playa (Sesuvium portulacastrum), especies que aprovechan cualquier descuido o rincón alterado para echar raíces.

    Uña de gato (Carpobrotus edulis): Con sus llamativas flores, esta suculenta es una alfombra invasora que avanza devorando el espacio de las locales.

    Árboles exóticos: Como la Acacia azul (Acacia saligna) o la Casuarina (Casuarina equisetifolia), que cambian el paisaje horizontal del saladar con sus siluetas arbóreas.

    Margarita de escombro (Argyranthemum frutescens): Una preciosa margarita canaria que, sin embargo, se desborda fuera de su sitio ideal debido a la alteración del suelo.

    Césped Kikuyo (Kikuyuochloa clandestina / Pennisetum clandestinum): Una hierba de jardín que, silenciosamente, intenta colonizar los bordes húmedos.

    En fauna ocurre algo similar.

    ardilla moruna en Fuerteventura

    La ardilla moruna, introducida en Fuerteventura hace décadas, se ha convertido en un problema ecológico. Muchas veces es alimentada indirectamente por restos de comida abandonados por visitantes.

    Esto plantea una cuestión incómoda pero necesaria:

    ¿Cuánto impacto puede causar un simple gesto como dejar comida o salirse de una pasarela?

    La respuesta es clara: mucho más del que imaginamos.

    En ecosistemas extremadamente frágiles, pequeñas alteraciones generan grandes consecuencias.

    ¿Por qué no debemos salirnos de las pasarelas?

    Puede parecer exagerado, pero las pasarelas no están ahí por estética.

    El suelo del saladar es delicado. El pisoteo compacta el terreno, rompe pequeños sistemas de drenaje natural y destruye plantas que tardan muchísimo tiempo en regenerarse.

    Incluso los drones, algo aparentemente inofensivo, están generando preocupación entre especialistas por el estrés que causan en aves durante épocas sensibles de reproducción.

    Visitar el lugar de forma responsable no significa disfrutar menos. Significa entender mejor el privilegio de estar allí.

    La gran restauración ecológica del Saladar de Jandía

    El Saladar de Jandía: el milagro ecológico que resiste en Fuerteventura

    Una de las noticias más esperanzadoras es el proceso de restauración ambiental que continúa en el humedal.

    Entre finales de los noventa y principios de los 2000 se retiraron enormes cantidades de basura y escombros gracias a proyectos europeos de conservación.

    Ahora, uno de los pasos más importantes será la eliminación de la antigua depuradora situada dentro del espacio protegido.

    El proyecto busca recuperar la topografía original del terreno, eliminando rellenos artificiales y devolviendo al ecosistema su funcionamiento hidrológico natural.

    Después llegará la restauración vegetal con especies autóctonas como:

    • Uva de mar.
    • Tarajales canarios.
    • Matabrusca.
    • Flora típica del saladar majorero.

    La idea es sencilla pero poderosa: dejar que el humedal vuelva a respirar como lo hacía antes de la presión urbanística.

    Preguntas frecuentes sobre el Saladar de Jandía

    ¿Se puede visitar el Saladar de Jandía?

    Sí, pero siempre respetando las zonas delimitadas y las pasarelas de madera.

    ¿Cuál es la mejor época para observar aves?

    El otoño y la primavera suelen ser excelentes momentos por el paso migratorio, aunque hay observaciones interesantes durante todo el año.

    ¿Es un espacio apto para niños?

    Sí, especialmente para educación ambiental. Es un lugar ideal para despertar curiosidad sobre biodiversidad y conservación.

    ¿Por qué es tan importante en Canarias?

    Porque es el único humedal canario incluido en la Lista Ramsar de importancia internacional.

    Un paisaje que nos obliga a mirar distinto

    La belleza de este espacio se encuentra en las texturas del barro salino, en las plantas que desafían la química del suelo, en las aves que encuentran refugio tras miles de kilómetros de vuelo y en la idea de que, incluso en un paisaje intensamente transformado por el turismo, la vida salvaje siempre encuentra formas de abrirse camino.

    Quizá el gran valor de este humedal no sea solo ecológico. Tal vez también sea una lección.

    La de entender que proteger la naturaleza no consiste únicamente en salvar grandes paisajes espectaculares, sino también esos lugares discretos que sostienen silenciosamente la biodiversidad del planeta.

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