
Frente a la escultura Concha de erizo de mar, en la playa de Ajuy, se alza una pieza intrigante firmada por el artista mexicano Carlos Monge. La obra tiene su origen en el XI Simposio Internacional de Escultura Pájara, un evento celebrado en noviembre de 2024 y que reunió a diversos artistas para intervenir en el paisaje con sus creaciones. Está elaborada en acero inoxidable y se presenta como una estructura geométrica tridimensional con forma de anillo o corona estrellada. Sus caras facetadas —triángulos isósceles que convergen hacia un vacío central— invitan a mirar a través de ella y redescubrir el entorno con una nueva mirada.
El arte de lo invisible
Más que una figura estática, la escultura de Monge es una reflexión viva sobre la materia y la luz como energías generadoras de movimiento. Su centro crea una tensión formal que no gira alrededor de un solo núcleo, sino que propone múltiples centros posibles, haciendo que el espectador se descentre, se mueva, se involucre. Desde distintos ángulos, el vacío se transforma en flor, en engranaje o en un ojo mecánico que observa, en silencio, el paisaje costero que lo rodea.
La textura de la pieza —compuesta por finas líneas en espiral o garabatos grabados sobre el metal— añade una dimensión casi artesanal a su estética contemporánea. Los acabados casi dorados contrastan con la dureza de su material, evocando la dualidad entre lo industrial y lo orgánico, lo eterno y lo efímero.
Geometría como lenguaje ancestral
Carlos Monge no trabaja la geometría como simple forma, sino como puerta simbólica a nuestros orígenes culturales. Afincado en España desde hace años, el artista ha participado en más de 140 simposios alrededor del mundo —en países como Chile, Argentina, China o Azerbaiyán— y lleva consigo una inquietud constante: reinterpretar los principios estéticos de las culturas mesoamericanas.
“Siempre pienso en nuestros orígenes, en las culturas Maya, Azteca… no se trata de copiar, sino de captar sus principios”, explica. En su búsqueda, encontró en la serpiente maya y sus escamas pentagonales una clave que lo llevó a profundizar en la geometría como sistema visual, como camino y como destino creativo. “Haces una pieza y antes de acabarla ya tienes otra en la cabeza”, confiesa.
Un espacio para imaginar
La escultura de Ajuy no pretende ser descifrada del todo. Busca, más bien, provocar una experiencia íntima y emocional, distinta para cada visitante. Monge concibe su obra como un “lugar de entendimiento sereno”, un refugio que invita al paseante a habitar lo tangible y lo intangible, lo interior y lo exterior, la cultura y la naturaleza. “Busco que el espectador sea participativo, que se imagine cosas, que la obra le provoque emociones diferentes a cada persona”.
Así, lo que a primera vista podría parecer una figura geométrica pura, se transforma en un portal hacia otros modos de ver y de percibir el mundo. Una escultura que no se impone, sino que dialoga. Que no representa, sino que sugiere. Que no busca respuestas, sino preguntas que viajen con el viento del océano.
La playa de Ajuy, además de ser un escenario artístico, es un enclave geológico único. Sus famosas cuevas, formadas hace millones de años por la actividad volcánica y la erosión del mar, son un testimonio de la historia geológica de Canarias. Sus aguas, de un azul profundo, contrastan con la arena negra, creando una imagen de gran belleza que atrae a viajeros y fotógrafos.