Los taros en Fuerteventura

Durante muchos siglos el sistema productivo de Fuerteventura se basó en la agricultura cerealista y la ganadería caprina, motores económicos de la isla hasta hace bien poco.

El desarrollo de un sector primario durante tanto tiempo, trajo consigo la creación de diversos ingenios que contribuyeron a que el trabajo pudiera realizarse de manera más rápida, cómoda y efectiva. Esto dio origen a un paisaje salpicado de gavias, nateros, maretas, alcogidas, gambuesas y molinos. También se construyeron diversas estructuras arquitectónicas que sirvieron de almacén. Entre ellas destacaron las cillas para el cereal, y los taros protagonistas de este artículo. 

¿Qué son los taros?

Los taros son construcciones, por lo general, de planta circular y desarrollo troncocónico. Estaban destinados a curar y conservar los quesos. También se levantaron taros de planta cuadrada.

Los taros circulares medían entre 3 y 5 metros de diámetro y se alzaban entre los 3 y 6 metros de altura, según tuvieran una o dos plantas. 

El acceso a la segunda planta, cuando esta existía, se realizaba a través de una escalinata de piedra, adosada al exterior de la torre. La planta baja era usada de quesera y cuarto de aperos.

Los materiales utilizados en la construcción de estos elementos agrícolas-pastoriles, eran los propios de la zona, extrayéndolos del lugar en el que se iban a ubicar. Con ello se conseguía la máxima adaptación del taro al entorno, integrándose en el paisaje rural que lo rodeaba.

Sin duda la piedra, el barro y la cal son los elementos más significativos del taro. 

Las paredes, elaboradas con piedras, eran enlucidas con una mezcla de “tegue”, o barro entremezclado con paja, y luego encaladas. La techumbre se realizaba de mojinete y la cubierta de torta.

Los taros pequeños solo contaban con un único hueco, una puerta orientada al sur. Así quedaban protegidos del viento dominante, y se garantizaba la entrada de luz al interior. Los de mayores dimensiones presentaban, al exterior, huecos a modo de saeteras que favorecían la circulación del aire.

Los taros eran de uso familiar. Aunque hubo casos de taros comunitarios, la propiedad de los mismos siempre correspondía a una sola familia. 

En la sociedad majorera, de hace siglos, nadie tendía a acumular un gran número de viviendas. Sin embargo, adquirir taros se consideraba una buena inversión. Debido a las necesidades de la época, la persona que compraba un taro sabía, de antemano, que lo podía alquilar rápidamente, recuperando el dinero invertido en poco tiempo. 

¿Cuál es el origen de la palabra taro? 

El topónimo “taro”, bien pudiera tener dos orígenes. Algunos investigadores, como Pancho Guerra, sostuvieron que taro provenía de la palabra portuguesa taró=viento fresco y agreste. Por tanto, un taro sería algo así como “una fresquera”. Otros investigadores como Maximiliano Trapero abogan por que las palabras Tao y Taro deriven del vocablo aborigen Tauro, cuyo significado sería ‘torre de mensajes’, una especie de atalaya o tor balear que sirvió incluso después de la conquista, para avisar «de taro en taro», de las incursiones enemigas.

Posiblemente, tanto el vocablo como la construcción en sí de los taros, tengan su origen en un periodo anterior a la conquista castellana. Hay que tener en cuenta, que los aborígenes canarios y en especial los Majos habían alcanzado un gran dominio de algunas técnicas constructivas como la falsa bóveda. La ausencia de madera explicaría esta interesante adaptación al medio. Hay registros de la existencia de taros (torretas) antes de la conquista. 

Las bóvedas, que cubrían los primigenios taros, estaban realizadas con mampuestos de piedras sin labrar en seco. Se colocaban en anillos concéntricos en forma de falsa bóveda, evitando así el empleo de cimbras. Tanto en Lanzarote como en otras islas, se conservan taros realizados en piedra seca. Posiblemente la función de los primeros taros fuese la de servir tanto de punto de vigilancia como de refugio pastoril, e incluso de aras de sacrificio. Posteriormente, en tiempos de paz, la función de los taros se adaptaría a las necesidades de las familias, pasando estos a servir de almacenes y lugares para curar los quesos. En Fuerteventura todavía quedan algunos taros en pie en La Matilla, Pájara, Tuineje y Ampuyenta. Hubo un gran taro, de dos plantas, en Guisguey, que desapareció a mediados del siglo XX.

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