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Mancomunidad

Aunque hoy se asocia a gestión compartida, históricamente refiere a los bienes comunales o «de propios y comunes». Eran montes, pastos o fuentes del común de los vecinos. Surgieron con los repartimientos tras la conquista, asignando tierras de realengo o señoriales para la supervivencia mediante el aprovechamiento colectivo.


Lo Mancomunado: El alma de la supervivencia colectiva

Mancomunidad

El concepto de lo mancomunado en Canarias es la historia de una resistencia silenciosa. No se trata simplemente de una definición administrativa, sino de la forma en que el pueblo canario consiguió habitar un territorio donde la geografía y el clima no perdonan. Tras la conquista en el siglo XV, el modelo castellano trajo consigo la figura de los bienes de «propios y comunes». Estos terrenos no tenían un dueño con nombre y apellidos; su dueño era el pueblo, representado por su concejo o ayuntamiento, y su uso estaba marcado por la necesidad y la costumbre.

1. El nacimiento de la identidad vecinal

Cuando los nuevos colonos llegaron a las islas, se encontraron con un reparto de tierras que a menudo favorecía a las élites militares y religiosas. Sin embargo, para que esos asentamientos fueran viables, era imprescindible reservar grandes áreas de realengo (tierras del Rey) o de los propios Señoríos para el uso de todos. Aquí es donde nace la «comunidad vecinal».

Este grupo de personas, que compartía un mismo barranco o un mismo llano, empezó a desarrollar una personalidad propia frente al poder del Señor. Lo mancomunado no era solo pastar o recoger leña; era la asamblea en la que se decidía quién tenía derecho a qué. Aunque los concejos municipales nacieron como una estructura administrativa impuesta, en la práctica se convirtieron en los guardianes de estos derechos colectivos. El vecino sabía que su pequeña parcela familiar no bastaba para sobrevivir; necesitaba el monte común para alimentar al ganado y las fuentes mancomunadas para no morir de sed.

2. Fuerteventura: El pulso entre el ganado y el arado

El caso de Fuerteventura es quizás el más dramático para entender lo mancomunado. Desde la época de los mahos, la isla era eminentemente ganadera. Tras la conquista, casi todo el territorio era una gran área comunal donde las cabras campaban a sus anchas. Pero la llegada de nuevos pobladores trajo la necesidad de sembrar cereal. Los Señores de la islaempezaron a conceder «mercedes» de tierra, que no eran más que trozos de ese bien común que se privatizaban para ponerlos en cultivo.

Este proceso fue mermando el terreno para los pastores. Se generó un conflicto histórico: el arado quería cerrar parcelas y levantar muros, mientras que lo mancomunado exigía campo abierto. Por eso, el ganado fue empujado hacia las costas y las zonas de malpaís. Allí, donde la salinidad del aire quemaba el trigo, el sistema mancomunado se hizo fuerte. Los pastores mantenían sus acuerdos de «mano común» para que el ganado aprovechara los pastos salobres, manteniendo viva una tradición que los Señores no podían arrebatarles fácilmente porque esas tierras «no servían» para el pan.

3. Los Corrales de Janey y el registro de la libertad

En Betancuria, los Corrales de Janey se erigen como un símbolo de este sistema. Representan esa organización ganadera que no dependía de la propiedad privada de la tierra, sino de la gestión de los espacios de refugio y suelta en terrenos del común. Sin embargo, la seguridad jurídica de estos espacios tardó siglos en llegar.

Aunque las Cortes de Cádiz en 1811 trataron de acabar con los privilegios de los nobles, en Canarias el proceso fue lento y tortuoso. Los municipios independientes empezaron a formarse, pero los registros de la propiedad seguían siendo un terreno pantanoso. El hecho de que en Betancuria no se inscribieran los bienes comunales hasta el 5 de abril de 1873 no es una casualidad; es el reflejo de cuánto costó que la «costumbre» se convirtiera en ley tras siglos de dominio señorial. Ese registro fue, en realidad, el acta de independencia definitiva de los vecinos sobre su propio territorio.

4. La herencia de lo común en el paisaje actual

Hoy en día, aunque la agricultura y la ganadería ya no son el motor principal, la huella de lo mancomunado sigue ahí. Se nota en la configuración de los pueblos de cumbre y en la forma en que entendemos el acceso al monte. Cuando vemos un pinar donde los vecinos recogen pinocha o una dehesa donde se celebra una «apañada» de ganado, estamos viendo el sistema mancomunado en funcionamiento.

Es una lección de sostenibilidad antigua: nadie cuida mejor un recurso que aquel que sabe que, si se agota, se agota para todos. Lo mancomunado nos enseña que la propiedad «en mano común» no es de nadie porque es de todos, y que esa responsabilidad compartida es lo que permitió que el paisaje canario, tan rudo y difícil, se convirtiera en un hogar durante más de cinco siglos.


Lugares para entender el peso de lo comunal y mancomunado:

  • Corrales de Janey (Betancuria, Fuerteventura): Un rincón histórico donde se palpa la organización del pastoreo tradicional en terrenos que la comunidad defendió frente al avance de los cultivos.
  • Monte de Utilidad Pública de El Pinar (El Hierro): Un ejemplo vivo de bienes de propios y comunes, donde el aprovechamiento de los recursos forestales sigue regido por el interés de la colectividad.
  • Dehesa de Jandía (Fuerteventura): Durante siglos, fue el espacio de pastoreo mancomunado por excelencia, una llanura inmensa donde la ley de la «mano común» era la que mandaba sobre el ganado.
  • Cumbre de Bolico (Buenavista del Norte, Tenerife): Un territorio de cumbres donde el acceso a los pastos y la leña fue gestionado por los caseríos de la zona mediante acuerdos vecinales que han durado generaciones.
  • Montaña de Tirma (Gran Canaria): Un espacio que simboliza la resistencia de los usos tradicionales comunales, manteniendo viva la esencia de la gestión colectiva frente a la presión de la propiedad individual.
  • Llanos de Ifara (Granadilla de Abona, Tenerife): Un paraje árido donde se aprecia cómo los vecinos se organizaban de forma mancomunada para aprovechar los recursos estacionales en un entorno de extrema dureza.
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