Realengo
Se refiere a las tierras que, tras la conquista, quedaron bajo el dominio directo de la Corona y no fueron entregadas a nobles o a la Iglesia. Eran las «tierras del Rey», pero en la práctica funcionaban como espacios abiertos donde los vecinos podían aprovechar la leña, el pasto o el agua. Eran la base de los bienes comunales, permitiendo que la gente humilde tuviera recursos sin depender del permiso de un Señor.
El Realengo: La tierra de todos bajo el nombre del Rey

En el reparto de las islas después del siglo XV, el realengo era la garantía de supervivencia para el pueblo llano. Mientras que las mejores tierras se daban como «mercedes» a los conquistadores y a los poderosos, el Rey se reservaba grandes extensiones, sobre todo en las cumbres y zonas de difícil acceso. Aunque sobre el papel eran suyas, la Corona permitía que los vecinos las usaran para lo básico: que el ganado no muriera de hambre y que no faltara leña para el fuego de las casas.
1. Un respiro frente al poder señorial
En islas con fuerte presencia de la nobleza, el realengo era como una válvula de escape. Si un campesino se sentía ahogado por las exigencias de un Señor en sus tierras, siempre le quedaba el recurso de subir al realengo. Allí, la gestión era mucho más libre y dependía más de las costumbres del concejo que del capricho de un noble. Fue en estas tierras donde se fraguó ese espíritu de «mano común» que permitió que los pequeños ganaderos mantuvieran sus rebaños sin pagar tributos abusivos.
2. La lucha por el lindero
El gran problema del realengo es que siempre estuvo bajo amenaza. Los grandes propietarios, que tenían fincas colindantes, intentaban constantemente «correr la pared» para apropiarse de un pedazo de esa tierra pública. Aquí es donde entraba la figura del comisionado y de los vigilantes del concejo, que tenían que estar siempre listos para defender los mojones (las piedras que marcaban el límite) y evitar que lo que era de todos pasara a manos de unos pocos.
3. El precio de la tierra del Rey
Vivir o trabajar en el realengo no significaba estar libre de pagos. Aunque te libraras de las rentas señoriales, no te librabas de la presión fiscal de la época. El campesino tenía que lidiar principalmente con la alcabala, un impuesto que gravaba la venta de cualquier producto, y con el diezmo, que obligaba a entregar la décima parte de la cosecha o de las crías de ganado a la Iglesia. Estos tributos, junto a otras cargas locales, eran los que realmente apretaban el bolsillo de quienes sacaban adelante la producción en las tierras del Rey.Existían los derechos de aduana y los impuestos sobre el consumo que asfixiaban a los pequeños productores.
Lo curioso es que, a veces, los vecinos preferían pagar estos impuestos directos al Rey antes que estar bajo el régimen señorial, porque los funcionarios reales solían ser más predecibles que los caprichos de un noble local. Aun así, el sistema estaba diseñado para que el realengo fuera rentable para las arcas de la Corte, convirtiendo el esfuerzo de los colonos en oro para Madrid o Sevilla.
4. De la propiedad del Rey al uso público
Con el paso de los siglos y la llegada de las leyes modernas en el XIX, gran parte de ese realengo pasó a convertirse en lo que hoy conocemos como Montes de Utilidad Pública o terrenos municipales. El nombre cambió, pero la esencia sigue siendo la misma: son los pulmones de la isla y los espacios que, por derecho histórico, pertenecen a la colectividad. Entender el realengo es entender por qué en Canarias sentimos que el monte es de todos.
Lugares para ver el rastro del realengo:
- Pinar de Garafía (La Palma): Gran parte de estos bosques fueron tierras de realengo donde los vecinos mantuvieron derechos de pasto y recolección que permitieron la supervivencia de los caseríos más aislados de la cumbre.
- Llanos de la Peñita (Fuerteventura): Un ejemplo de terreno que, por su dureza, quedó como realengo para el pastoreo, lejos de las tierras que los señores querían privatizar para el cereal.
- Cumbres de Enmedio (Gran Canaria): Zonas altas que históricamente se mantuvieron fuera de los repartos privados, sirviendo de refugio para el ganado de toda la comarca en épocas de sequía.
- Cordillera de Anaga (Tenerife): Muchos de los roques y laderas verticales se mantuvieron como realengo, permitiendo que los cabreros de la zona tuvieran su propio territorio sin depender de los grandes terratenientes de la laguna.
- Dehesa de Sabinosa (El Hierro): Aunque tiene sus propias reglas, el origen de este gran espacio de pasto colectivo está ligado a esas tierras que no se entregaron a particulares y quedaron para el uso de los herreños.
- Barranco de los Cernícalos (Gran Canaria): Un entorno donde el agua y la vegetación se mantuvieron bajo control público durante mucho tiempo, permitiendo un aprovechamiento vecinal que todavía se recuerda en la zona.