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Piroclasto

Es cualquier material sólido que un volcán expulsa con fuerza al aire durante una erupción. Dependiendo de su tamaño, reciben nombres distintos: desde la ceniza (fina como el polvo), pasando por el lapilli o picón (pequeñas piedras porosas), hasta las bombas volcánicas (bloques pesados que caen cerca del cráter). Son los materiales que forman los conos volcánicos y, en las islas, han sido fundamentales para retener la humedad en la agricultura.


El Piroclasto: La lluvia que levanta montañas

Monumento Natural de la Caldera de Gairía
Monumento Natural de la Caldera de Gairía

Si la colada basáltica es la piedra que fluye por el suelo, el piroclasto es todo lo que salió volando. Es el responsable de ese paisaje de «cenicero» tan típico de nuestras cumbres y medianías. No es solo un residuo del fuego; es un material que ha definido el color de nuestra tierra y la forma en que los canarios hemos aprendido a cultivar en climas áridos.

1. Del polvo a la bomba: Una cuestión de tamaño

Los piroclastos se clasifican por su diámetro, y cada uno tiene un papel diferente en el paisaje:

  • Ceniza: Es el material más fino (menos de 2 mm). Puede viajar miles de kilómetros y, aunque es fértil, su peso puede ser peligroso si se acumula en los tejados durante una erupción.
  • Lapilli o Picón: Son piedras de entre 2 y 64 mm. Es el material más apreciado en las islas orientales porque actúa como una esponja: absorbe el agua de la lluvia o de la maresía y evita que el sol la evapore.
  • Bombas volcánicas: Superan los 64 mm y son fragmentos que salieron líquidos del volcán, enfriándose en el aire con formas redondeadas o aerodinámicas antes de chocar contra el suelo.

2. El Picón: El truco para cultivar sin agua

En islas como Lanzarote o Fuerteventura, el piroclasto es un tesoro agrícola. Los agricultores descubrieron que cubrir la tierra con una capa de picón negro permitía plantar vides o frutales allí donde casi nunca llueve. Este manto de piedras porosas atrapa la humedad del rocío nocturno y la filtra hacia las raíces, manteniendo el suelo fresco incluso bajo un sol de justicia.

3. Conos de ceniza y colores de fuego

La mayoría de nuestros volcanes no son macizos, sino montañas de piroclastos amontonados. Al ser material suelto, el viento los moldea con facilidad, dándoles esa forma de cráter perfecto. Además, el color nos dice mucho: el negro suele ser material más reciente, mientras que los tonos rojos y ocres aparecen cuando el hierro de los piroclastos se oxida con el tiempo y la humedad.


Lugares donde el piroclasto define el paisaje:

  • La Geria (Lanzarote): El ejemplo mundial de cómo el ser humano usa el lapilli para hacer magia agrícola, cultivando uva en hoyos protegidos por el picón.
  • Calderón Hondo (Fuerteventura): Un cono espectacular donde se puede caminar por el borde del cráter y ver las capas de picón rojo y negro que lo forman.
  • Montaña de la Arena (Fuerteventura): Un volcán donde el piroclasto se mezcla con el jable, creando tonos amarillentos muy poco comunes en otras islas.
  • Las Cañadas del Teide (Tenerife): Enormes extensiones de pumita (piedra pómez), un piroclasto blanquecino y tan ligero que flota en el agua, fruto de erupciones muy violentas.
  • Cumbre Vieja (La Palma): Tras la erupción de 2021, se pueden ver espesores brutales de ceniza y lapilli que han cambiado por completo la orografía del Valle de Aridane.
  • Caldera de Bandama (Gran Canaria): Un cráter inmenso donde las paredes dejan ver los distintos niveles de piroclastos acumulados en cada explosión del volcán.
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