Lajial
Un lajial es un terreno volcánico de superficie relativamente lisa, llana y continua, formado por coladas de lava de tipo pahoehoe (término hawaiano que significa suave). A diferencia del malpaís de piedras afiladas y rotas, el lajial se caracteriza por sus formas onduladas, similares a cuerdas o colchas, que permiten caminar sobre ellas con cierta facilidad. Es el resultado de una lava muy fluida que, al enfriarse lentamente, crea una «piel» elástica que se arruga sin llegar a romperse.
El Lajial: El suelo que fluye bajo tus pies

Si el malpaís es el lado furioso y cortante del volcán, el lajial es su versión más pausada y artística. Es ese campo de lava que, al verlo, te da la sensación de que el tiempo se quedó congelado justo cuando el río de fuego estaba a punto de pararse. En las islas, especialmente en las más jóvenes o con vulcanismo reciente, el lajial forma extensiones que parecen un mar de piedra negra y brillante, lleno de pliegues que cuentan exactamente hacia dónde corría la energía del volcán.
1. Lavas cordadas: Las «tripas» de la tierra
Lo que más llama la atención de un lajial son las famosas lavas cordadas. Cuando la lava es muy líquida, la superficie se enfría al contacto con el aire y forma una capa fina, como la nata que sale al calentar la leche. Pero como el río de fuego sigue empujando por debajo, esa costra se va amontonando y rizando, creando unas formas que parecen sogas de barco o cables gruesos puestos uno al lado del otro. Es un espectáculo geológico que te permite leer la velocidad y la fuerza que tenía la erupción.
2. Un caminar distinto al del malpaís
Cualquier persona que haya andado por el campo en Canarias sabe que hay una diferencia abismal entre un malpaís de «pedregal» (aa) y un lajial. En el malpaís las piedras están sueltas, tienen aristas que cortan como cuchillos y te juegas un tobillo en cada paso. El lajial, en cambio, es un bloque sólido. Puedes caminar sobre él como si fuera una acera natural, aunque hay que tener ojo con las grietas de retracción y los posibles tubos volcánicos que corren por debajo, que a veces dejan el suelo como una cáscara de huevo.
3. El Hierro: La catedral de los lajiales
Aunque hay ejemplos en todas las islas, si quieres ver un lajial que te deje con la boca abierta tienes que ir al sur de El Hierro, a la zona de La Restinga. Allí el paisaje es casi hipnótico; kilómetros de lavas negras y lisas que brillan bajo el sol y que bajan directas al Mar de las Calmas. Es uno de los campos de lavas cordadas más perfectos del mundo y caminar por allí te hace sentir que estás en otro planeta, en un mundo recién nacido donde todavía no ha crecido ni la primera hierba.
4. Los «jameos» y los tubos escondidos
Bajo la superficie de un lajial suele haber gato encerrado. Como la capa de arriba se enfría y hace de aislante, la lava de dentro sigue fluyendo y termina por vaciarse, dejando túneles gigantescos. A veces, el techo de estos túneles se desploma y es cuando aparecen los jameos. En las islas orientales, estos espacios han sido fundamentales: desde escondites para los antiguos pobladores hasta depósitos naturales de agua o, como en el caso de Lanzarote, obras de arte de la mano de César Manrique.
5. Vida entre las grietas
A primera vista, un lajial parece un desierto muerto, pero si te fijas bien, la vida es terca. En las pequeñas fisuras de la lava se acumula un poco de polvo y humedad, lo suficiente para que los primeros líquenes (las manchas blancas y verdes sobre la piedra) empiecen su trabajo de siglos para romper la roca. Con el tiempo, verás aparecer verodes o pequeñas tabaibas que se agarran a la piedra como si les fuera la vida en ello, que de hecho les va.
6. Un patrimonio frágil
A pesar de ser roca dura, el lajial es muy sensible. El brillo de la lava fresca (esa pátina vítrea que refleja la luz) se pierde muy fácilmente con el paso constante de gente o, peor aún, por el expolio de quienes se llevan trozos de piedra de recuerdo. Además, las formas cordadas son únicas; una vez que se rompen, el paisaje pierde esa «lectura» del movimiento que lo hace especial. Cuidar un lajial es respetar la última firma que el volcán dejó sobre la tierra.
Pasear por un lajial es lo más parecido a caminar sobre un río que se quedó quieto para que pudiéramos admirarlo. Es la parte amable del fuego, esa que nos dejó un suelo liso y ondulado para recordarnos que, bajo nuestros pies, la isla un día fue puro movimiento líquido.