El enigma detrás de las cartas náuticas de Fuerteventura

Hay nombres en las cartas náuticas que una lee sin detenerse, como simples etiquetas técnicas. Y hay otros que se quedan enganchados en la mirada. A mí me pasó con la carta esférica de Fuerteventura de 1835, levantada por el teniente Arlet: frente a la Punta de Jandía aparece marcado un escollo llamado Baja del Griego. Llevaba siglos repitiéndose en mapa tras mapa, y nadie parecía haberse preguntado nunca por qué.
La respuesta no estaba en ningún tratado de navegación, sino en un estudio sobre el hambre.
¿Quién era «el Griego» y qué pasó en el verano de 1683?

¿Quién era ese griego cuyo nombre quedó fundido para siempre con un bajío de roca y oleaje? No lo sé con certeza. La única fuente que lo menciona dice que se llamaba Nicolás Francisco, y lo recuerda simplemente como «el Griego», un apodo habitual en la época para marinos de origen heleno o levantino. De su vida no sabemos nada más: ni edad, ni puerto de origen, ni cuánto tiempo llevaba navegando estas aguas. Solo conocemos el desenlace.
En agosto de 1683, Fuerteventura atravesaba uno de esos ciclos de sequía y hambruna que periódicamente azotaban la isla, alternados con años de lluvias en los que prosperaba el cereal y la isla llegaba a exportar trigo y cebada a Tenerife, y más tarde a Gran Canaria. Aquel verano no era de los buenos. Las autoridades de Gran Canaria decidieron reembarcar a quienes se habían quedado sin sustento, dándoles medio celemín de gofio —unos dos kilos— para que no murieran de hambre en la travesía.
Y ahí, en uno de esos viajes de regreso a la isla, el hambre se cobró una víctima que ninguna ración de gofio pudo evitar. Al volver hacia Fuerteventura, el barco de Nicolás Francisco «el Griego» se hundió en la Punta de Jandía.

De las ciento sesenta personas que llevaba, ciento cuarenta murieron. Desde entonces, según recoge el investigador Roldán Verdejo, los mapas de la isla señalan el lugar con el nombre de Arrecifes del Griego, que con el tiempo se fijaría como Baja del Griego.
No quiero dramatizar lo que la propia fuente no dramatiza: no sabemos las causas técnicas del naufragio, ni el tipo de embarcación, ni si Nicolás Francisco estaba entre las víctimas o entre los supervivientes. Lo que sí sabemos es que ciento cuarenta personas, huyendo del hambre o transportando el grano que debía aliviarla, no llegaron a puerto. Su memoria no quedó en ningún registro ni lápida, sino disuelta en un nombre que todavía hoy aparece en las cartas náuticas del archipiélago.

La trampa invisible de la Punta de Jandía
La Baja del Griego no es un accidente cualquiera. Está frente al faro de la Punta de Jandía, en un tramo de costa que el ingeniero Juan de la Puerta Canseco señalaba en 1897 como uno de los pocos verdaderamente peligrosos de un archipiélago de canales por lo demás limpios: los escollos próximos a las puntas de Jandía, Pechiguera y Tostón se distinguían de día por las rompientes, pero de noche dependían de las luces para no ser fatales. Esa combinación de aguas en apariencia tranquilas y un bajío apenas visible bajo la superficie convirtió este tramo concreto en una trampa recurrente, capaz de volver a cobrarse vidas dos siglos después de Nicolás Francisco.
El naufragio del bergantín Ballester: la historia se repite en 1909
Ocurrió el 22 de agosto de 1909. El bergantín goleta Ballester, que cubría la ruta entre Tenerife y Barcelona cargado de chatarra de hierro y mármol, navegaba aquella tarde por la costa de Fuerteventura con viento fuerte cuando dejó de obedecer el timón y embarrancó sobre la misma baja, a una milla escasa del faro. Los torreros José Hierro y Tomás Chacopino lo vieron todo desde su puesto: el barco montado sobre el escollo, un bote arriado por estribor, y minutos después un golpe de mar que lo despidió de nuevo hacia el este, ya sin gobierno. Cuatro tripulantes lograron llegar a tierra en el bote, agotados y ateridos de frío; los torreros los alojaron en su propia casa, sin más recursos que los que tenían en lo que ellos mismos llamaron, en su declaración, «este desierto». Los otros siete marineros y el capitán Bartolomé Frau desaparecieron con el barco esa misma noche.

El sumario instruido por la Armada, conservado hoy en el Archivo General de la Marina, recoge las declaraciones de los supervivientes y de los torreros, y deja planteada una hipótesis razonable, aunque no demostrada: el cargamento de hierro, al ocupar buena parte de la bodega, pudo haber provocado interferencias en la aguja del compás magnético, desviando el rumbo lo suficiente como para que, cuando el capitán quiso corregirlo, ya fuera tarde. Es una explicación plausible, apuntada por un capitán de la marina mercante consultado por los investigadores, pero conviene señalarla como lo que es: una hipótesis, no un hecho probado.
De la leyenda al patrimonio subacuático de Canarias
El pecio del Ballester permaneció décadas en el olvido, hundido a unos cincuenta metros de profundidad junto al mismo escollo que también sepultó al barco de Nicolás Francisco. Solo el conocimiento de pescadores y buceadores locales mantuvo viva su localización, hasta que la investigación reciente —cruzando archivos del Museo Marítimo de Barcelona, del Archivo del Reino de Mallorca y de la propia Armada— pudo reconstruir su historia con nombres, fechas y declaraciones casi palabra por palabra. Hoy el casco actúa como arrecife artificial y concentra abundante vida marina, algo que solo conocen quienes se sumergen en esas aguas.
La Ley 4/1999 de Patrimonio Histórico de Canarias obliga a documentar los pecios del archipiélago en una Carta Arqueológica Submarina y los declara Bienes de Interés Cultural. Es un marco legal que llega, como suele ocurrir con el patrimonio sumergido, después de que el mar haya tenido la última palabra durante generaciones.
Queda, en cualquier caso, el nombre. Baja del Griego no conmemora una batalla ni a un personaje ilustre: conmemora a un marino del que apenas sabemos el apodo, atrapado en un viaje de socorro contra el hambre que acabó en tragedia, y que dos siglos más tarde volvió a reclamar otras siete vidas. Cada vez que alguien consulta hoy una carta náutica de Jandía y lee ese nombre, está pronunciando, sin saberlo, el único monumento que Nicolás Francisco «el Griego» y los ciento cuarenta que iban con él llegaron a tener.