Escultura: La zafra del tomate

En la avenida Paco Hierro que hay tras la playa de Gran Tarajal, entre el ir y venir de la gente, se erigen testigos silenciosos de historias entrelazadas con la tierra y el sudor de quienes forjaron la identidad de Fuerteventura. Entre ellas, destaca una obra que, como un poema visual, evoca el de la vida campesina de antaño: “La zafra del tomate”, una creación del artista lanzaroteño Emiliano Hernández García.

Al contemplar esta escultura, de dos metros de altura, el espectador se sumerge en un universo donde la laboriosa mujer del campo emerge como protagonista. Con gracia y fortaleza, una joven campesina sostiene sobre su cabeza un cesto rebosante de tomates, símbolo de la cosecha generosa que la tierra ofrece.

Es en la figura de esta mujer, en su gesto sereno pero firme, donde se refleja la esencia de una época marcada por el trabajo duro y la perseverancia. Ataviada con el traje típico de las mujeres campesinas de mediados del siglo XX, su presencia evoca el sacrificio y la dedicación de quienes, día tras día, labraban la tierra con amor y tesón.

La falda larga ondea al compás del viento, la camisa de algodón protege su piel del sol inclemente, el delantal se tiñe de la tierra fértil y el pañuelo, anudado con destreza, resguarda su rostro del polvo del camino. En cada detalle de su indumentaria se inscribe la historia de un pueblo que encontraba en la tierra su sustento y su razón de ser.

Pero detrás de esta escultura, más allá de su belleza y su mensaje evocador, se oculta una realidad que merece ser resaltada: la importante labor de la mujer en la zafra del tomate en Fuerteventura. En cada surco, en cada planta cuidadosamente cultivada, en cada fruto recolectado con esmero, las mujeres de esta tierra dejaron una huella imborrable.

Con su fuerza y su tesón, estas mujeres no solo contribuyeron al sustento de sus familias y comunidades, sino que también desempeñaron un papel fundamental en la economía local. Su trabajo en los campos de tomate fue fundamental para el desarrollo agrícola de la isla, y su presencia se convirtió en un pilar indispensable de la sociedad.

Así, “La zafra del tomate” no solo es una obra de arte que embellece el paisaje urbano, sino también un homenaje a todas aquellas mujeres anónimas cuyo esfuerzo y dedicación han dejado una profunda huella en la historia de Fuerteventura. En cada tomate que sostiene la campesina esculpida en acero, late el corazón de una comunidad que valora y reconoce el invaluable legado de sus mujeres trabajadoras.

Emiliano Hernández García

Emiliano Hernández García, nacido en 1933 en Teguise (Lanzarote), es un escultor cuya vida ha sido un viaje lleno de pasión por el arte y enfrentando desafíos constantes. Desde su juventud, mostró un talento excepcional para la pintura y la escultura, a pesar de la reticencia inicial de sus padres, quienes preferían una vida más convencional ligada a la agricultura.

Su amor por el arte fue cultivado durante su infancia en Lanzarote, donde tuvo el privilegio de recibir clases del renombrado César Manrique, una influencia que dejó una marca indeleble en su visión artística. Con el apoyo de una beca, continuó su formación en Las Palmas de Gran Canaria y posteriormente en Madrid, superando la discriminación que enfrentaba como canario para perseguir su sueño de convertirse en artista.

El destino lo llevó a Sudamérica, donde pasó la mayor parte de su vida, explorando y dejando su huella en países como Colombia, Ecuador, Venezuela y Florida. En Colombia, sus obras, como el Cristo del cementerio de Bogotá y un mosaico en la Catedral de la capital, atestiguan su talento y su contribución al mundo del arte, a pesar de los desafíos económicos y sociales que enfrentó.

El regreso a España marcó un nuevo capítulo en su carrera. Participó activamente en el desarrollo del Parque Escultórico de Puerto del Rosario, contribuyendo con figuras destacadas como Manuel Velázquez, Miguel de Unamuno, Las Cabras y el Podenco Canario. Emiliano Hernández es autor de una de las obras emblemáticas de Fuerteventura: los guanches del mirador de Guise y Ayose.

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