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Ruta en coche eléctrico por Fuerteventura: de Corralejo a Morro Jable

    Ruta en coche eléctrico por Fuerteventura: de Corralejo a Morro Jable

    El silencio del motor

    El ferry desde Playa Blanca me dejó en Corralejo con una mochila a la espalda y una semana de Lanzarote pegada a la ropa: arena negra en las zapatillas, sal en el pelo. Había reservado un coche eléctrico casi por capricho, más por curiosidad que por convicción, y en el mostrador de alquiler me lo entregaron con una explicación de cinco minutos y una sonrisa de ánimo que no terminó de tranquilizarme.

    Lo que más me desconcertó al recoger el coche fue el silencio. Todo estaba encendido y nada sonaba. Y con ese silencio llegó la pregunta que llevaba días rondándome: ¿y si me quedo sin batería en una isla de piedra, viento y distancias largas?

    Ruta en coche eléctrico por Fuerteventura: de Corralejo a Morro Jable

    Durante las noches de hotel en Lanzarote había buscado cómo planificar un viaje así y encontré una guía de Skyscanner con ideas para organizar Rutas en coche eléctrico. No resolvió mi miedo, pero me enseñó algo útil: una ruta eléctrica no se planifica por kilómetros, sino por paradas. Así que dibujé la isla de norte a sur con esas paradas como únicos puntos fijos y dejé que lo demás sucediera.

    Corralejo: lo que se ve y lo que se adivina

    Playas de Corralejo, Fuerteventura

    Empecé en la estación de guaguas de Corralejo, frente a la Guardia Civil, donde el Cabildo tiene un cargador rápido. El coche venía con la batería casi llena, pero quise empezar por entender el gesto. Conecté el cable, abrí la aplicación y vi subir los números, despacio, como el pulso de algo que despierta.

    Mientras cargaba, bajé hasta la playa. Frente a mí, la isla de Lobos, tan cerca que parecía caminable. A mi derecha, tras las casas, estaban las dunas, que desde allí no se ven pero se adivinan en el color de la luz, en la arena que el viento deja suspendida en el aire. Me quedé un rato quieto. Era la primera vez que esperaba a que un coche «comiera» y no lo sentía como tiempo perdido.

    El Cotillo: el cargador que no estaba

    Seguí hacia El Cotillo con la batería llena y la tranquilidad de quien aún no ha tenido ningún problema. Me gustaba la idea de acabar la tarde en el Muelle Viejo, con el pescado fresco y el mar.

    Cotillo Fuerteventura 005, Fuerteventura

    Antes pasé por el cargador del pueblo, aunque no lo necesitaba, solo por ver cómo era. No funcionaba. Estaba precintado. Más tarde supe, por el comunicado del Cabildo, que un incendio provocado lo había dejado completamente inutilizado y que reparar o sustituir este y otro cargador dañado en el sur suponía un coste cercano a los cien mil euros.

    Lo que sentí al verlo no fue enfado. Fue una especie de vértigo: ¿y si hubiera llegado con la batería justa? Desde entonces miro el estado de cada punto antes de salir. La red es amplia, pero está hecha de objetos reales que a veces se rompen. Aquella noche cené mirando el mar con el coche cargado y la lección aprendida.

    Atardecer en las playas del Cotillo
    Atardecer en las playas del Cotillo

    La Oliva y el camino a la capital

    CASA DE LOS CORONELES
    CASA DE LOS CORONELES

    Al día siguiente me acerqué a La Oliva, donde la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, la más grande de la isla, domina un pueblo de calles tranquilas, y la Casa de los Coroneles recuerda que aquí hubo poder, tierra y linaje. Seguí hacia Puerto del Rosario con el paisaje abriéndose a los lados: llanuras, montañas bajas, ese color de piedra tostada que en Fuerteventura nunca es el mismo dos veces.

    Puerto del Rosario: la capital del destierro

    Arquitectura histórica de la Iglesia de Puerto del Rosario 002

    En la capital descubrí que los cargadores no son uno, sino una pequeña constelación: al menos ocho repartidos por la ciudad. Aquí la ansiedad de la batería se disuelve. Dejé el coche en uno, frente a los juzgados, y caminé hacia el centro, donde la Casa Museo de Unamuno ocupa lo que fue el Hotel Fuerteventura, junto al Cabildo y la iglesia de Nuestra Señora del Rosario.

    Ante la puerta hay una escultura de bronce del escritor, casi a tamaño natural, obra de Emiliano Hernández. Unamuno llegó aquí desterrado por la dictadura de Primo de Rivera y pasó cuatro meses en una pensión modesta de un pueblo que apenas superaba el millar de habitantes. Empezó a escribir los sonetos que acabarían en De Fuerteventura a París. Cuando le indultaron y se marchó, la isla sintió su ausencia, y él dejó escrito que se iba entre lágrimas.

    CASA MUSEO MIGUEL DE UNAMUNO
    CASA MUSEO MIGUEL DE UNAMUNO

    Me quedé un rato en la habitación, mirando la cama, el escritorio, las frases suyas en las paredes. Ese hombre, castigado a vivir aquí, acabó llamando bella a esta isla. Y yo estaba allí por una razón mucho más banal: esperar a que un coche cargara. Salí a pasear por una ciudad con casi doscientas esculturas repartidas por sus calles, sin entrada ni horario, y cuando volví al coche había terminado. No lo había notado.

    Antigua y el valle de Santa Inés

    Dejé la costa y subí hacia Antigua. Hay un cargador junto al Ayuntamiento y otro, rápido y de dos mangueras, frente al Centro de Mayores, puesto en marcha hace apenas unas semanas. En el valle de Santa Inés hay otro. Son paradas discretas, de esas que se encuentran casi sin buscar y que sirven de excusa para detenerse en sitios que, de otro modo, atravesarías sin mirar. El paisaje cambia: más verde de lo esperado, más silencio, más sensación de estar entrando en el corazón de la isla.

    Guise y Ayose: los reyes que miran el valle

    Mirador de Guise y Ayose
    Mirador de Guise y Ayose

    La carretera sube hasta un puerto de montaña donde esperan dos estatuas de bronce de unos cuatro o cinco metros: Guise y Ayose , los últimos reyes aborígenes de la isla. Uno gobernaba el norte, Maxorata ; el otro, el sur, Jandía. Se cree que la frontera entre ambos reinos pasaba más o menos por donde hoy se alzan.

    Detrás de ellos se abre el valle de Betancuria, que después de la llanura seca del centro parece un vergel visto desde las alturas. A poco más de un kilómetro está el mirador de Morro Velosa, obra de César Manrique. Me quedé allí más de lo previsto. Pensé que esos dos reyes habían mirado el mismo valle antes de que existieran los coches, los cargadores y las prisas.

    Betancuria: la primera capital

    Betancuria, Fuerteventura
    Betancuria

    Betancuria apareció entre las montañas, pequeña, blanca, casi escondida. Fue la primera capital de Fuerteventura y de Canarias, y todavía lo parece: la iglesia de Santa María, las ruinas del convento de San Buenaventura, el ayuntamiento con sus balcones de madera llenos de flores. El cargador está en el aparcamiento de guaguas de la villa, y desde allí todo queda a pie. Es un pueblo que obliga a ir despacio, y eso, con un coche que necesita tiempo, es una ventaja.

    Pájara: la portada que parece de otro continente

    Arquitectura histórica de la Iglesia de Pajara 001

    Seguí hacia el sur por la carretera de montaña, que baja entre miradores y barrancos hasta Pájara. Es la segunda población más antigua de la isla, después de Betancuria, y su pasado está ligado a la tierra: todavía se cultivan tomates y papas. En la plaza, entre el Ayuntamiento y la iglesia, queda una vieja noria que antaño movían camellos o burros.

    Y entonces, la iglesia de Nuestra Señora de Regla. Su portada de piedra no se parece a nada de lo que había visto en la isla: soles, lunas, serpientes que se muerden la cola, felinos grandes. Parece azteca, y muchos creen que algún vecino que volvió de América la inspiró. Me senté en la plaza mientras el coche cargaba a apenas 50 metros y miré cómo la luz de la tarde encendía la piedra. En un lugar donde casi todo es sobrio, aquello era un exceso feliz.

    Sicasumbre: el cielo antes de la costa

    Mirador astronómico de Sicasumbre

    Al salir de Pájara tomé la carretera de La Pared y, entre los kilómetros once y doce, me detuve en el mirador de Sicasumbre. Es un balcón astronómico, con paneles que explican las constelaciones, y mira hacia colinas, valles y barrancos de un color cobrizo que parece de otro planeta. Casi nadie se detiene.

    Llegué cuando la luz empezaba a bajar y me quedé hasta que salieron las primeras estrellas. En un viaje hecho de paradas obligadas por la batería, aquella fue la única que nadie me exigió. Por primera vez entendí que lo que el coche me había quitado, las prisas, me lo había devuelto en forma de cielo.

    Costa Calma: la costa tranquila

    Playas de Costa Calma - Pájara
    Playas de Costa Calma – Pájara

    Seguí hasta Costa Calma, cuyo nombre se debe a que el viento dominante deja esta franja protegida y en calma. Es una de las zonas más jóvenes de la isla, nacida del impulso turístico, con playas largas rodeadas de hoteles y, más al sur, Sotavento, con su laguna y los windsurfistas dibujando líneas sobre el agua. Dejé el coche en un punto de carga lenta, de los pensados para quien pasea o cena mientras tanto, y caminé hasta la orilla.

    Morro Jable: donde se acaba la carretera

    Ruta en coche eléctrico por Fuerteventura: de Corralejo a Morro Jable

    La última etapa fue Morro Jable, antiguo asentamiento marinero convertido hoy en el gran núcleo turístico del sur. Aquí también hay varios cargadores. Uno de ellos sufrió el impacto de un vehículo, según informó el Cabildo, así que conviene mirar en la aplicación cuál está activo antes de llegar. Yo aparqué, dejé el coche enchufado y salí a caminar hasta donde la isla, simplemente, termina.

    Había recorrido Fuerteventura de norte a sur sin una sola visita a la gasolinera y, lo más interesante, sin rascarme el bolsillo: en todo el viaje no pagué ni un euro por cargar el coche en los puntos del Cabildo. Llegué con la mochila de la primera mañana y la sensación de no haber renunciado a nada. Delante tenía el mar abierto, y detrás, una carretera que me había obligado a parar donde nunca habría parado.

    Paisaje costero de Playa de las Coloradas Morro Jable al sur de Fuerteventura, Fuerteventura

    Lo que queda del camino

    Al principio me preguntaba si viajar en eléctrico sería una renuncia. Al final entendí que era lo contrario. Los cargadores me habían llevado a una playa frente a Lobos, a una habitación de Unamuno, a un puerto de montaña con dos reyes de bronce, a una iglesia que parece de otro continente, a un mirador a oscuras.

    Y quedó el silencio. El del coche, el de las plazas, el de Sicasumbre cuando cae la noche. Un silencio que no estaba vacío.

    Consejos para viajar

    • Aplicaciones: la red utiliza Waylet, EvChargue y Endesa On Your Way, según el punto de recarga. Instala las aplicaciones antes de salir. El precio de cada recarga aparece antes de empezar.
    • Estado de los puntos: compruébalo antes de cada tramo. Puede haber averías o actos vandálicos, como el ocurrido en El Cotillo.
    • Rápidos y lentos: utiliza los cargadores rápidos para trayectos largos y los lentos para las paradas de visita.
    • Pago con tarjeta: puede retenerse un depósito que se libera al terminar la operación.
    • No dejes el coche enchufado: cuando termine la recarga, desconéctalo. Algunos puntos cobran por el tiempo de ocupación.
    • Sicasumbre de noche: lleva una linterna y consulta el parte meteorológico antes de subir.
    • Para organizar el viaje: si buscas más ideas o aún no tienes coche, Skyscanner reúne rutas para un road trip eléctrico y opciones de alquiler.
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