
En la Avenida Marítima de Puerto del Rosario, y muy cerca de la escultura Medusa, se erige una nueva obra del artista mejicano Carlos Monge. Esta vez Monge introduce una variación formal dentro de su ya reconocible lenguaje escultórico. Esta escultura que se alza verticalmente como si emergiera de las piedras del litoral fue creada en el Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario en 2024 y está realizada en mármol blanco.
La obra despliega un cuerpo segmentado, anguloso y tenso que evoca a una serpiente mitológica: la Quetzalcóatl, la serpiente emplumada de las culturas mesoamericanas.
Sus ángulos marcados y su dinamismo geométrico invitan a imaginar un cuerpo en ascenso, una energía en movimiento que une cielo y tierra, mito y materia.

Para Monge, la geometría no es un juego de formas, sino un lenguaje sagrado. “Siempre pienso en nuestros orígenes, en las culturas Maya, Azteca… no se trata de copiar, sino de captar sus principios”, señala. Su trabajo no replica, sino que reinterpreta los fundamentos estéticos del mundo precolombino.
Afincado en España y con una trayectoria que suma más de 140 simposios en países como Chile, China, Argentina o Azerbaiyán, Monge ha desarrollado una visión singular: la geometría como sistema visual, como camino simbólico y como destino creativo.
Inspirado por la serpiente maya y sus escamas pentagonales, cada obra suya parece tener una continuidad implícita, como si cada pieza fuese el germen de la siguiente. “Haces una pieza y antes de acabarla ya tienes otra en la cabeza”, confiesa.
Esta pieza parece sugerir una criatura en movimiento ascendente, con un cuerpo articulado por pliegues marcados, como escamas talladas con geometría precisa. La forma termina en un remate que recuerda una cabeza cúbica, casi ceremonial, como si la escultura representara no solo un animal sagrado, sino también una deidad ancestral. Lejos de una representación naturalista, Monge opta por lo simbólico, lo esencial, lo arquetípico. Y es justamente esa abstracción la que potencia su carácter atemporal.
El contraste entre el mármol pulido y la aspereza del paisaje portuario crea un diálogo entre lo eterno y lo efímero, entre lo ritual y lo cotidiano. La figura, aunque contenida, parece querer expandirse, como si sus líneas quebradas anunciaran un movimiento inminente, una transformación latente. Desde este enfoque, la escultura parece que observa en silencio, siendo la guardiana de los ciclos del tiempo y la metamorfosis.

En medio del tránsito urbano, Monge coloca esta figura como una ruptura visual que nos obliga a detenernos. Ya no seguimos el paseo como línea recta, sino que somos invitados a mirar hacia lo alto, a entrar en otra dimensión del paisaje, más espiritual, más simbólica. Como en muchas de sus obras, aquí también hay una tensión entre el cuerpo y el mito, entre lo material y lo trascendente.
Un espacio para imaginar
Esta escultura no pretende ser descifrada del todo. Más bien, se ofrece como un portal abierto, un punto de encuentro entre el espectador y su propia imaginación. En palabras del artista, se trata de crear un “lugar de entendimiento sereno”, una presencia escultórica que provoque emociones diferentes en cada persona.
Así, lo que a primera vista podría parecer una forma geométrica pura se convierte en un símbolo vivo, una escultura que no representa, sino que sugiere. Que no impone, sino que dialoga. Que no ofrece respuestas, sino preguntas que se disuelven en el aire marino. Como el mismo Monge afirma, su obra está pensada para despertar en el espectador una participación activa, emocional, íntima.
Entre los barcos y la brisa del mar, la figura de esta sobra se yergue no como un objeto cerrado, sino como un relato abierto: una invitación a contemplar, imaginar y recordar que también hay espiritualidad en la piedra tallada.