
El desvío que no estaba en el plan
La primera vez que me perdí en Fuerteventura fue por una pista de tierra que el mapa daba por carretera. Llevaba el coche lleno de intenciones: tres playas, dos miradores y una comida reservada. Acabé parado entre muros de piedra seca, con el viento moviendo una cabra por el camino y ningún cartel que me dijera dónde estaba. No me hacía falta saberlo.
Desde entonces tengo una regla sencilla para esta isla: hay que llevar un plan y estar dispuesto a traicionarlo. Y el plan empieza por decidir dónde dormir, porque en una isla tan larga y estrecha el alojamiento condiciona todo lo demás. Yo suelo echar un vistazo a los hoteles en Fuerteventura de Destinia para hacerme una idea de zonas y precios, y dibujo la ruta a partir de ahí. Esta es la que repetiría, pensada para cuatro o cinco días, con espacio de sobra para equivocarse.
Día uno, el norte: arena, cal y olas

Empiezo por Corralejo porque ahí la isla se presenta sin adornos: dunas de arena clara a un lado de la carretera y un mar de un azul casi indecente al otro. Pasa una mañana entera entre ellas, descalzo si te atreves. Desde el puerto salen barcos a la isla de Lobos, un islote donde apenas hay más que mar, roca y silencio.
Por la tarde, sube hacia Lajares, un pueblo pequeño con aire de taller al aire libre: casas bajas, artesanía y gente que llegó por las olas y se quedó. De allí, la carretera baja a El Cotillo, pueblo de pescadores con un muelle viejo, un faro en la punta y playas de aguas tranquilas que parecen piscinas naturales cuando el mar lo permite. Quédate hasta el atardecer.

En El Cotillo no pasa nada, y esa es exactamente la razón de ir. Si has empezado el día en Corralejo, lo más cómodo es volver a dormir allí: la vuelta es corta y por la mañana ya estás en el punto de partida de la ruta.

Día dos, el interior: la isla que no sale en los folletos
Cuando el viento sopla fuerte en la costa, el interior es el mejor refugio. El paisaje cambia: más seco, más ancho, con montañas redondeadas que mudan de color según la hora.

Empiezo por La Oliva. La Casa de los Coroneles, la gran residencia del siglo XVIII que recuerda a la aristocracia militar y terrateniente de la isla, está cerrada actualmente, así que no conviene hacer el viaje solo por ella.
El pueblo no se queda corto por eso: muy cerca están la ermita de Puerto Escondido, conocida como La Capellanía, y la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, con su torre blanca sobre el paisaje seco. Y merece una parada larga el Museo de la Cilla, que cuenta algo que sorprende a quien llega pensando solo en playas: durante siglos, Fuerteventura vivió del grano.

Trigo y cebada se sembraban en gavias , parcelas rodeadas de pequeños muros que aprovechaban el agua de las lluvias escasas, y la isla llegó a ser conocida como uno de los graneros de Canarias. La cilla era donde se almacenaba lo cosechado, y de ahí viene el gofio que todavía acompaña tantas comidas. Después de verlo, los campos y los muros de piedra seca se entienden de otra manera.
Antes de llegar a Betancuria, el mirador de Morro Velosa regala una de las mejores vistas del interior: montañas suaves y valles secos que se pierden hacia el horizonte. Y a poco de ahí, los dos reyes de bronce de Guise y Ayose vigilan el paso entre dos mundos, el de los antiguos mahos y el de la conquista.

Después sí, Betancuria, el pueblo más antiguo de la isla y su primera capital, con una iglesia, casas blancas y un aire de pueblo que decidió no cambiar. Baja luego a la Vega de Río Palmas, un valle de palmeras y barrancos con una ermita donde todavía se celebran romerías; es un paisaje casi africano y el que más sorprende a quien lo ve por primera vez. Termina en Pájara, con su iglesia de portada singular, y reserva un último rato para Ajuy, donde unas cuevas esculpidas por el mar y una playa de arena negra cierran la jornada con una luz difícil de olvidar.

Día tres, Costa Calma y Jandía: el sur que impone
Esta es mi parte favorita, aunque no la más fácil. Empieza en Costa Calma, que muchos conocen por sus grandes playas, pero que guarda un rincón del que casi nadie habla: la playa de Agualiques. No sale en los folletos y muy poca gente de la propia isla la conoce, y ese es su mayor atractivo. Llega sin expectativas y camina hasta ella con la sensación de haber encontrado algo que nadie te ha prestado.

Sigue hacia la península de Jandía, que se anuncia con kilómetros de playa y se confirma con un paisaje de otro planeta. En Sotavento, el viento y las mareas construyen lagunas efímeras sobre arena blanca y aguas someras.

Después de comer, baja hasta Morro Jable y continúa hasta donde asfalto y pista se separan: Cofete. La carretera es de tierra, el paisaje se vuelve más áspero y, de pronto, aparece una playa larga y salvaje con las montañas de Jandía cayendo en picado detrás. Impone respeto, con corrientes que obligan a bañarse con cautela. Si alquilas coche, comprueba antes qué condiciones pone la compañía para circular por la pista. Tras un día así, yo prefiero dormir en Morro Jable y no afrontar la vuelta larga hacia el norte con el cansancio de Cofete encima.

Día cuatro, la costa del este: piedra, sal y silencio
Si dispones de un día más, dedícalo a la vertiente oriental, la que casi nadie planea. Aquí la isla se vuelve más callada y la ruta se hace de sur a norte, sin deshacer camino.
Empieza en Pozo Negro, un pequeño núcleo de pescadores con una playa de piedra negra y un par de sitios donde comer pescado fresco frente al mar. Llega con calma, sin objetivo, y quédate mirando cómo entra el agua entre los cantos rodados.

A poca distancia está el poblado de La Atalayita, un yacimiento aborigen en medio del malpaís, con restos de viviendas de piedra construidas por los antiguos mahos. Se recorre en poco tiempo, pero deja una impresión larga: ver cómo vivía la gente en un paisaje tan áspero ayuda a entender el carácter de esta isla. Es un buen contrapunto a Guise y Ayose: ellos fueron jefes de los dos clanes en que se dividía la isla, y aquí se ve el día a día de la gente corriente, en sus casas de piedra.

Desde allí, el camino sube por la costa hasta las Salinas del Carmen, ya cerca de Caleta de Fuste: estanques bajos y geométricos donde el agua del mar se evapora al sol y deja cristalizar la sal, en una actividad que sigue viva. El Museo de la Sal, en el mismo recinto, cuenta cómo se trabajaba.

Y como Caleta de Fuste queda al lado, con su playa tranquila y sus servicios a mano, es el sitio natural para terminar el día y, si quieres una sola base para toda la isla, para quedarte: en Destinia hay una buena selección de hoteles en Caleta de Fuste, y desde allí el norte, el interior y el sur quedan a una jornada de coche sin cambiar de maleta. Termina allí, con la luz baja sobre los estanques y la sensación de haber cerrado el círculo: del grano de La Oliva a la sal del este.

Cómo moverse sin que sobren las horas
Fuerteventura se recorre mejor en coche, y conviene aceptar que las distancias son largas y las carreteras, tranquilas. No intentes verlo todo en una jornada: la isla castiga al viajero con prisa. Lleva agua, protección solar y una chaqueta ligera, porque el viento cambia de humor en cuanto cae el sol. Y deja huecos: los mejores momentos de este viaje no están en ningún itinerario.

Volver con menos fotos y más historias
Hay islas que se visitan y otras que se escuchan. Fuerteventura es de las segundas. Cuando me preguntan qué ver, repito la lista de siempre, pero sé que lo que quiero decir es otra cosa: vayas donde vayas, deja que la isla te desvíe de tu propia ruta.
Aquella tarde de la pista y las cabras no llegué a mi comida reservada. Cené de pie, en un bar de pueblo, con la arena todavía en las zapatillas. Fue la mejor cena del viaje.