
Puerto del Rosario se ha consolidado en las últimas décadas como un auténtico museo al aire libre y un referente escultórico a nivel internacional. Más de doscientas esculturas se encuentran diseminadas por sus calles, plazas y paseos, conformando un paisaje urbano que combina arte, identidad y naturaleza. En este contexto, destaca de manera especial el conjunto de esculturas creadas por el artista mexicano Carlos Monge en el Parque La Marea.
Estas obras no solo embellecen el entorno, sino que invitan a la reflexión y al diálogo entre lo humano y lo insular, entre la historia y la contemporaneidad. El parque se convierte así en un espacio donde el arte cobra vida y se integra con el día a día de residentes y visitantes.
El Parque la Marea
El Parque La Marea es un innovador espacio infantil de la capital majorera , de inspiración marina, inaugurado en enero de 2022. Está ubicado en el barrio de los Pozos, en primera línea de costa, concretamente entre las calles: América, Europa y el Paseo del Atlántico.
Este parque se integra armoniosamente con el paisaje que lo rodea, ofreciendo un entorno lúdico, inclusivo y creativo para niños de todas las edades. Fue diseñado por el arquitecto Manuel R. Granados en colaboración con la firma Urbadis y la empresa Landscape Structures, que estimulan la imaginación, el movimiento y la interacción.
Anexo a este espacio infantil, se ubican tres esculturas que complementan la experiencia sensorial y estética del lugar, estableciendo un diálogo visual entre el arte contemporáneo y el entorno marino que caracteriza a Puerto del Rosario.
Carlos Monge: Geometría como lenguaje ancestral

Carlos Monge no trabaja la geometría como simple forma, sino como puerta simbólica a nuestros orígenes culturales. Afincado en España desde hace años, el artista ha participado en más de 140 simposios alrededor del mundo —en países como Chile, Argentina, China o Azerbaiyán— y lleva consigo una inquietud constante: reinterpretar los principios estéticos de las culturas mesoamericanas.
“Siempre pienso en nuestros orígenes, en las culturas Maya, Azteca… no se trata de copiar, sino de captar sus principios”, explica. En su búsqueda, encontró en la serpiente maya y sus escamas pentagonales una clave que lo llevó a profundizar en la geometría como sistema visual, como camino y como destino creativo. “Haces una pieza y antes de acabarla ya tienes otra en la cabeza”, confiesa.
Escultura I

La primera escultura, la más cercana al paseo marítimo, fue creada en el Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario en 2021. Esta obra se eleva sobre una estructura metálica. Está inscrita dentro de la línea creativa de Carlos Monge, nos presenta una forma escultórica tallada en piedra porosa.
Su forma recuerda a un conjunto de músculos o una figura corpulenta en posición reclinada, aunque también podría evocar elementos naturales como una concha, un fruto o una figura orgánica no definida. Tiene curvas prominentes y superficies redondeadas, con dos extremos que se elevan en formas semicirculares que podrían parecer brazos doblados o garras estilizadas.

Monge, en esta ocasión, también podría estar investigando las distintas formas que podría adoptar la serpiente emplumada Quetzal, uno de los símbolos más representativos de las culturas precolombinas. Esta conexión aporta una dimensión simbólica a la pieza, anclada tanto en la mitología como en la exploración formal.
Más que una figura estática, la escultura de Monge es una reflexión viva sobre la forma y la materia, haciendo que el espectador se descentre, se mueva, se involucre. Vista desde distintos ángulos, la obra invita a una experiencia dinámica, en constante cambio, donde el cuerpo y el espacio dialogan.
Escultura II
Esta segunda escultura, parte del Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario de 2007. Monge continúa su exploración en piedra, reafirmando su interés por las formas orgánicas, simbólicas y evocadoras.
La pieza se presenta como un bloque compacto y macizo, del cual emergen curvas tensas y al mismo tiempo fluidas. Su silueta sugiere un movimiento contenido, como si una energía latente habitara en su interior. En esta obra, las formas parecen aludir a una espiral comprimida o a una criatura primigenia enrollada sobre sí misma, evocando tanto estructuras naturales como referencias mitológicas.

De nuevo, Monge parece dialogar con la figuras ancestrales de la cultura mesoamericana, reinterpretando su iconografía en clave contemporánea. Aquí, sin embargo, la criatura no se despliega, sino que se repliega, se guarda, como en un estado de gestación o transformación. Este gesto escultórico puede leerse como una metáfora de lo potencial, de lo que está por nacer o emerger.
Vista desde diferentes ángulos, la obra modifica su lectura: lo que desde un lado parece un remolino mineral, desde otro adquiere la forma de un tótem erosionado por el tiempo. El espectador es nuevamente invitado a rodearla, a redescubrirla, a entrar en un juego visual y sensorial.
Carlos Monge, fiel a su lenguaje formal, no nos entrega una sola interpretación. Su escultura abre caminos y preguntas, fusionando lo ancestral con lo abstracto, lo mítico con lo matérico
Escultura III

Esta tercera escultura de Carlos Monge se erige como una presencia vertical, esbelta y afilada, claramente distinta en forma pero coherente con su lenguaje escultórico. La pieza se alza sobre un pedestal cúbico de hormigón, destacando por su simplicidad formal y su potencia simbólica.
Tallada en basalto la escultura presenta una forma lanceolada o de punta de proyectil, con una notable hendidura curva en su zona media que genera una tensión visual entre lo natural y lo artificial. Este gesto —una incisión que da lugar a una leve torsión en la superficie— introduce dinamismo en una figura que, de otro modo, podría parecer completamente estática.
La forma general puede evocar elementos arquetípicos como una hoja, una lanza, un colmillo o incluso una semilla, reforzando así el diálogo entre lo orgánico y lo simbólico que Monge suele explorar. El contraste entre la verticalidad del conjunto y la curva interna sugiere una síntesis entre lo erecto y lo cóncavo, entre fuerza y recogimiento.
Podría interpretarse también como un tótem moderno, una figura ritual que apunta hacia el cielo, estableciendo una conexión entre la tierra que la sostiene y lo intangible. En esta obra, Carlos Monge continúa investigando el poder expresivo de la forma pura, la piedra y la sugerencia simbólica.
De nuevo, la escultura requiere ser recorrida visualmente desde varios puntos de vista: cada ángulo revela una tensión distinta, un equilibrio inesperado, una huella del gesto escultórico que da forma al vacío tanto como a la materia.
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Da que pensar esta escultura