conejero
Conejero o conejera es el gentilicio popular de Lanzarote. Surgió en el siglo XVIII por la abundancia de conejos y la exportación masiva de sus pieles. Este apodo comercial terminó desplazando al nombre aborigen «majo», convirtiéndose hoy en un símbolo de identidad cultural.

Conejero: Del apodo económico al orgullo de una isla
El gentilicio conejero es un caso fascinante. No nació en un despacho ni viene de una raíz aborigen sagrada; nació del hambre, del comercio y de la asombrosa capacidad de adaptación de un animal que ni siquiera era de aquí. Para entender por qué un lanzaroteño se llama a sí mismo conejero, hay que mirar hacia atrás, al momento en que el paisaje de la isla cambió para siempre tras la llegada de los europeos.
1. Una invasión de cuatro patas
El conejo (Oryctolagus cuniculus) es un extraño en la historia antigua de Canarias. No hay rastro de él en los yacimientos de los antiguos majos; fue un «pasajero» de la Conquista. Los castellanos lo trajeron como una despensa con patas: era fácil de transportar, se reproducía rápido y garantizaba carne y abrigo en tierras desconocidas.
José de Viera y Clavijo, nuestro gran cronista del XVIII, le puso nombre y apellidos a esta introducción en su Diccionario de Historia Natural. Según Viera, la «culpa» (o la causa) tuvo un responsable directo:
El segundo Adelantado don Pedro de Lugo los llevó a la isla de La Palma; y en la de Lanzarote se apoderaron del país de tal manera, que se ha solido dar a los naturales el sobrenombre de conejeros.
Lanzarote, con su terreno volcánico lleno de grietas y cuevas naturales, resultó ser el paraíso perfecto para el conejo. Sin grandes depredadores y con una vegetación que, aunque escasa, les servía de alimento, los animales se multiplicaron de forma explosiva. Lo que empezó como un recurso acabó siendo una plaga que obligó a los campesinos a cambiar su forma de vida: si no podías vencerlos, tenías que sacar provecho de ellos.
2. El negocio de la piel: El origen del apodo
Aquí es donde el término deja de ser una observación biológica para convertirse en una etiqueta social. En el siglo XVIII, mientras en el resto del archipiélago se sufrían carestías, en Lanzarote se consolidó una industria peculiar: la exportación masiva de pieles de conejo.
El historiador José de Álvarez Rixo da en el clavo en su Historia del Puerto de Arrecife. Explica que, a finales de ese siglo, el flujo de mercancía era tan constante que el nombre se caía por su propio peso. Entre 1787 y 1791, salían de la isla partidas de hasta cuatrocientas docenas de pieles.
Para un tinerfeño o un grancanario de la época, ver llegar los barcos desde Lanzarote cargados hasta los topes de pieles de conejo era lo habitual. Así, por pura inercia comercial, el que vendía la piel pasó a ser, para el resto del mundo, el conejero.
3. El adiós al «Majo» y la nueva identidad
Es curioso cómo el peso de la economía borró siglos de tradición. Originalmente, los habitantes de Lanzarote eran los majos, un término que compartían con sus vecinos de Fuerteventura. Sin embargo, la necesidad de distinguir a los habitantes de una isla de otra hizo que el apodo comercial ganara la partida.
Como bien analizó el filólogo Juan Álvarez Delgado en la década de 1940, el nombre aborigen fue «eliminado» en favor del popular. Mientras que en Fuerteventura el término majo evolucionó a majorero, en Lanzarote la fuerza de la industria peletera impuso el nombre de conejero.
Ya no era solo un insulto o una burla de los vecinos; era una realidad palpable. Un ejemplo temprano lo encontramos en las Cartas de emigrantes de 1736, donde un tal Joseph Guillén ya se identificaba como «conegero» lejos de sus fronteras. Esto demuestra que, para mediados del siglo XVIII, el lanzaroteño ya había hecho suyo el nombre, llevándolo como bandera allá donde fuera.
4. De la burla al timple: La huella cultural
Con el paso del tiempo, el término se llenó de música y sabor. Dejó de oler a piel curtida para sonar a timple. En la literatura de Pancho Guerra, el «conejero» es alguien con una gracia especial, un rasgueo propio en el timplillo que no se encuentra en ninguna otra isla.
Incluso viajeros extranjeros como Olivia Stone en 1887 notaron que el nombre era ya inseparable de la isla. Para ella, y para cualquier visitante, el conejo era el animal que definía el ecosistema y, por extensión, el carácter de su gente.
| Período | Concepto dominante |
| Siglo XV-XVI | Introducción del conejo como recurso de supervivencia. |
| Siglo XVIII | Auge de la exportación de pieles y nacimiento del apodo externo. |
| Siglo XIX-XX | El término desplaza al gentilicio culto y se asienta en la literatura y el folclore. |
Lanzarote es una isla que se reinventa. Lo hizo tras las erupciones de Timanfaya y lo hizo con su propio nombre. El «conejero» hoy no es el que caza o vende pieles, es el que sobrevive en la ceniza, el que cultiva la uva en hoyos imposibles y el que, como aquel animal que llegó en los barcos de los Lugo, aprendió a hacer de un suelo difícil su hogar definitivo.
5. Preguntas (FAQ)
¿Es «conejero» un término despectivo? Históricamente, pudo nacer como un apodo burlón desde las otras islas, basado en la imagen del lanzaroteño como alguien que solo comerciaba con pieles de animales humildes. Sin embargo, hoy es un término de autoafirmación. Los habitantes de Lanzarote lo usan con orgullo, y en el resto del archipiélago se entiende como una seña de identidad cultural, no como un insulto.
¿Por qué no se llaman «majos» si ese es su origen aborigen? El término majo sufrió un proceso de erosión. Fuerteventura se «apropió» de la evolución majorero, mientras que en Lanzarote, el impacto de la industria peletera y la necesidad de diferenciarse de sus vecinos orientales hizo que el apodo comercial terminara ganando la partida al nombre antiguo.
¿Se sigue exportando piel de conejo hoy en día? No. La industria de la piel desapareció hace mucho tiempo, pero el nombre quedó fijado en el habla como un fósil lingüístico. Es el mismo fenómeno por el que a los de Santa Cruz de Tenerife se les llama chicharreros (por el pescado chicharro), aunque ya no sea la base de su economía.
6. Referencias Bibliográficas Consultadas
Para este artículo hemos consultado las siguientes fuentes de la historiografía y la lingüística canaria:
- Viera y Clavijo, J. (1799-1812): Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias. Una fuente vital para entender la introducción de fauna alóctona tras la Conquista.
- Álvarez Rixo, J. (1846-1866): Historia del Puerto de Arrecife. Documenta con precisión las cifras de exportación de pieles que dieron origen al gentilicio.
- Álvarez Delgado, J. (1941-1947): Miscelánea y Notas sobre el habla canaria. Fundamental para entender la transición del término «majo» al de «conejero».
- Guerra Navarro, F. «Pancho»: Memorias de Pepe Monagas y Léxico de Gran Canaria. Aporta la visión costumbrista y el uso del término en el folclore y la música (el timple).
- Stone, O. (1887): Tenerife and its six satellites. Crónica de viajes que confirma la percepción externa del gentilicio en el siglo XIX.
- Diccionario de Historia Canaria (Anchieta y Alarcón / Rumeu de Armas): Para el rastreo de los primeros registros del término en cartas de emigrantes.