Alfolí
Los Alfolíes eran los almacenes oficiales donde se guardaba y vendía la sal bajo el control del Rey. Como la sal era una regalía (un monopolio del Estado), no podías comprarla en cualquier tienda ni recogerla por tu cuenta en la costa. Tenías que ir al alfolí, donde un funcionario controlaba el peso y el precio para asegurar que la Corona se llevara su parte de cada grano.
El Alfolí: La caja fuerte de la sal

Para el canario de hace unos siglos, el alfolí era un sitio de paso obligatorio y, a menudo, de bastante mal humor. Sin sal no se podía conservar el pescado, ni la carne de la matanza, ni el queso; era el «frigorífico» de la época. Por eso, el Rey puso estos almacenes en puntos estratégicos de la costa o cerca de los puertos principales. Era la forma más sencilla de tener a todo el pueblo controlado: si querías comer, tenías que pasar por el alfolí y pagar el precio que el monopolio dictaba.
1. Un control de hierro sobre el grano blanco
El alfolí no era un simple granero. Era un edificio sólido, a menudo con paredes de piedra volcánica muy gruesas para aguantar la humedad y evitar los robos. Dentro, el administrador del alfolí llevaba unos libros de cuentas donde anotaba hasta el último gramo. No se fiaban de nadie. Si un pescador necesitaba sal para su barca, tenía que declarar para qué la quería y pagar el impuesto correspondiente antes de que le abrieran la puerta.
2. El contrabando a la sombra del monopolio
Como el precio en el alfolí solía ser alto debido a los impuestos, floreció un «mercado negro» de sal. Los vecinos aprovechaban las mareas grandes para recoger sal en los charcos de los malpaíses o en salinas escondidas en acantilados donde los guardas no llegaban. Si te pillaban con sal que no venía del alfolí oficial, te caía una multa que te arruinaba o incluso penas de cárcel, porque se consideraba que estabas robando directamente del bolsillo del Rey.
3. El fin de los alfolíes
Con el tiempo, y sobre todo a partir del siglo XIX, estos monopolios empezaron a romperse. El Estado se dio cuenta de que era más rentable cobrar impuestos generales que gestionar almacenes de sal. Los edificios de los alfolíes terminaron convirtiéndose en almacenes de aduanas, en viviendas o, en el peor de los casos, en ruinas que el salitre se fue comiendo. Pero su nombre todavía queda en muchas calles y barrios costeros, recordándonos la época en la que un puñado de sal era un asunto de Estado.
Lugares para rastrear la historia de los Alfolíes:
- Alfolí de la Sal de Santa Cruz de La Palma (La Palma): Uno de los edificios más emblemáticos de la capital palmera, que servía para abastecer a toda la flota que cruzaba el Atlántico y a los pescadores de la zona.
- Puerto de las Nieves (Agaete, Gran Canaria): En esta zona de paso hacia Tenerife, existieron puntos de control y almacenamiento para la sal que se distribuía por el norte de la isla bajo el régimen de monopolio.
- Puerto de Arrecife (Lanzarote): Como isla salinera por excelencia, sus almacenes en la zona del muelle eran el pulmón económico que alimentaba los alfolíes de otras islas menos afortunadas.
- San Cristóbal de La Laguna (Tenerife): Aunque no está en la costa, al ser la capital administrativa, aquí se llevaban los registros y se decidían los precios y los arrendamientos de los alfolíes de toda la isla.
- Playa de El Golfo (El Hierro): Un entorno donde los vecinos soñaban con recoger sal de los charcos sin que los guardas reales del alfolí más cercano se enteraran de que estaban «saltándose» el monopolio.