Playa urbana
La Playa urbana es esa playa que tienes a dos pasos de casa o del trabajo, la que forma parte del pueblo o la ciudad. No hace falta que tenga un paseo marítimo de mármol ni banderas de colores colgando; lo que la define es que está integrada en el día a día de la gente. Es el trozo de costa donde el vecino baja en cholas a darse un chapuzón rápido y el turista se tuesta al sol, todo a un paso de las cafeterías, las casas y el jaleo diario.
La Playa Urbana: El patio de recreo del barrio

Si algo tenemos en Canarias es que el mar no es un sitio al que «vas de excursión», es un sitio en el que vivimos. Una playa urbana es, básicamente, el salón de casa pero con arena. Da igual si es una cala pequeña entre dos edificios o una extensión de arena rubia con todos los servicios; si puedes llegar caminando desde la plaza del pueblo o si las ventanas de las casas dan directamente a la orilla, ya la tienes.
1. El corazón del pueblo
Lo que hace especial a estas playas no son las duchas ni las pasarelas, sino la vida que tienen. Es el sitio donde te encuentras al carnicero nadando a las siete de la mañana, a los chiquillos jugando a las palas al salir de clase y a los jubilados sentados en un banco (o en un muro, que para el caso es lo mismo) arreglando el mundo mientras miran la marea. Es un espacio que no descansa y que marca el ritmo de la localidad.
2. Sin necesidad de etiquetas
A veces nos empeñamos en que una playa urbana tiene que parecer un parque temático con su Bandera Azul y su paseo marítimo reluciente, pero la realidad es otra. Hay playas urbanas que son solo un pedazo de costa brava pegado a un barrio pesquero, donde el «paseo» es simplemente la calle que muere en el mar. Lo que manda es la cercanía y el uso que le da la gente del lugar. En sitios como el Charco de San Ginés en Arrecife o algunas calas de Puerto del Rosario, la playa es lo que es porque el pueblo nació y creció alrededor de ella, no porque un planificador le pusiera servicios.
3. El reto de compartir el espacio
Lo difícil de estas playas es que todo el mundo quiere un trozo. Tienes que meter en el mismo saco a los que quieren tranquilidad, a los que ponen el hilo musical, a las escuelas de surf y a las terrazas que quieren poner mesas cerca de la arena. Esa mezcla es la que le da su carácter, pero también la que obliga a que haya un poco de orden. En Fuerteventura, por ejemplo, las playas que se quedan dentro de los pueblos son ese desahogo necesario donde el turista que viene de fuera se mezcla con la realidad de la isla, sin filtros.
4. La orilla como plaza pública
Históricamente, la playa urbana ha sido la plaza del pueblo. Antes de que hubiera polideportivos o centros comerciales, la gente se reunía en la arena. En muchas de nuestras islas, las fiestas patronales terminan (o empiezan) en estas playas. No son solo un sitio para bañarse; son un lugar de encuentro social donde se celebran asaderos, hogueras de San Juan o simplemente se queda para ver el atardecer con una cerveza en la mano.
5. El impacto del asfalto
Claro que estar pegada a la ciudad tiene su precio. El asfalto impide que la arena se mueva de forma natural y el alcantarillado a veces da algún susto cuando llueve fuerte. Por eso, aunque no tengan «banderitas», estas playas necesitan que las mimemos el doble. Una playa urbana descuidada es un golpe directo al alma del pueblo, porque es lo primero que ves al asomarte a la calle.
Al final, la playa urbana es ese lujo de poder quitarte los zapatos y sentir el fresco de la marea justo después de salir de hacer un recado. Es la prueba de que en Canarias, por mucho que crezcan los pueblos, nunca terminamos de darle la espalda al Atlántico.