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Los telares en Fuerteventura

El Telar en Fuerteventura

 

El Telar en Fuerteventura

El Telar en Fuerteventura

Los telares se utilizaron en Fuerteventura durante los siglos XVII y XVIII fundamentalmente, decayendo su uso a partir finales del siglo XIX. Durante el siglo XVII la industria artesana majorera se reducía al telar y a la cerámica.

La escasa vegetación de la isla hizo necesaria la importación de maderas pesadas y consistentes para la fabricación de los telares, aunque también se utilizó madera propia de Fuerteventura, como las palmeras y los tarajales. 

Los telares se encontraban situados en una habitación en el exterior de la vivienda que, a veces, también se utilizaba como granero y como almacén para los útiles de labranza.

Las mujeres eran las principales encargadas del uso de los telares, labor que compaginaban con el cuidado de la casa y la familia, además de participar también en otras tareas propias del campo. Se conocían con diferentes nombres como: tejendera (profesionales que aceptaban encargos y trabajaban para la calle), tejedora o tejedera. Las tejenderas recibían la lana para los encargos ya hilada. La lana más utilizada era la de oveja, aunque también se usaba la lana de camello para realizar dibujos en costales de grano  y mochilas. El proceso de preparación era el mismo para ambos tipos de lana.

La hilada era una actividad que se realizaba de forma comunitaria en numerosas ocasiones. Los vecinos se juntaban a hilar en una casa porque una mujer tardaba mucho tiempo en sacar la producción si hilaba sola y había que ayudarla. Estas reuniones se aprovechaban para conocer jóvenes de otro sexo.

Generalmente las niñas eran las que escarmeneaban (desenredaban y limpiaban) la lana, las muchachas hilaban y los muchachos se encargaban de sostener las ruecas. En estas reuniones eran frecuentes la música y el baile, además de los juegos como “el anillito”, que se jugaba en corro de varias personas que tenían las manos juntas como el que va a hacer la primera comunión.

En el centro del corro se ponía uno de los jugadores con las manos igual colocadas, este jugador guardaba un anillo entre sus dedos, después iba pasando por cada una de las personas del corro poniendo sus manos entre las de ellos y cuando le parecía dejaba la sortija, preguntando al final: ¿Quién tiene el anillo? El que acertaba a quién se lo había dejado pasaba al centro y así continuaban hasta que se cansaban de jugar.

El trabajo de las tejenderas no estaba bien remunerado, sin embargo, sí que se reconocía su calidad. En los primeros años del siglo XIX Escolar y Serrano recoge que en La Oliva:

“Las mujeres se dedican a hilar y tejer algodón, lienzo ordinario y, también colchas de algodón con dibujos muy curiosos “.

Este mismo autor señala para Betancuria.

“Algunas mujeres tejen con bastante primor telas ordinarias de algodón y, colchas de lo mismo que venden con estimación en las Islas.”

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