BAILADERO DE LAS BRUJAS – TINDAYA Un lugar lleno de leyendas

BAILADERO DE LAS BRUJAS - TINDAYA

BAILADERO DE LAS BRUJAS – TINDAYA

 

Fuerteventura cuenta en su tradición oral, con un buen número de romances y leyendas, que se han ido transmitiendo de generación en generación. Eso sí, cada época fue adaptando y transformando las fábulas, según las necesidades y creencias del momento. Algunas de estas leyendas fueron creadas después de que los franco-normandos Gadifer de la Salle y Jean de Bethencourt, en el siglo XV, conquistaran la isla. Se realzaban las hazañas de los cristianos en las batallas, o mejor dicho, en las escaramuzas contra los mahos.

Con el paso del tiempo, las historias heroicas darán paso a otras fantásticas y románticas en el siglo XVIII, donde se mezclan anécdotas reales con la fantasía. 

Historias de bellas cautivas, temerarios caballeros enamorados, milagrosos salvamentos por la intervención divina de la Virgen, brujas que usan bebedizos y sortilegios…, irán calando en la memoria colectiva, dándoles una cierta credulidad.

Sin embargo, otras leyendas, relatan supuestos acontecimientos que tienen como protagonistas a los mahos.  En ellas se pone de manifiesto la bravura, las creencias o ritos religiosos de la cultura precolonial. Conocidas son las leyendas del encuentro entre Guise y Ayose o las ceremonias que según Abreu Galindo, o Leonardo Torriani realizaban los mahos en torno a los efequenes o tagoror. Estos relatos siempre se desarrollan en lugares emblemáticos o sagrados. Tindaya y sus alrededores acumulan un buen número de leyendas, todas ellas relacionadas con la hechicería, las brujas o los rituales mágicos.

La Cueva del Bailadero de las Brujas, es uno de esos enclaves, donde el visitante se siente atrapado más por el peso de la tradición y las creencias, que por el espacio en sí.

Recordemos que las cuevas, han acumulado una buena cantidad de leyendas desde la edad antigua. Estos espacios oscuros y bajo tierra representan por un lado, la creación de la vida, y por otro, están relacionados con la muerte, pues al inframundo iban a parar las almas de los difuntos.

La Cueva del Bailadero de las Brujas, conocida también como cueva de las Brujas, o cueva de la Señora, es una cavidad natural que forma parte de un tubo volcánico de grandes dimensiones, que arranca desde la base de la montaña de Tindaya, y tiene la salida al sur de la desembocadura del Barranco de Esquinzo. El techo de este tubo volcánico está hundido en varios lugares. Uno de estos hundimientos es la entrada a la cueva.

Esta caverna ha sido utilizada por los majoreros durante siglos, y así lo demuestran la gran cantidad de restos cerámicos, óseos y malacológicos que se han encontrado en la entrada y en sus alrededores.

BAILADERO DE LAS BRUJAS - TINDAYA

La Cueva del Bailadero de las Brujas asistió como testigo a supuestas prácticas de brujería y rituales de iniciación, por parte de los vecinos de la localidad. Se cuenta que aquí se reunían por San Juan para realizar distintos rituales esotéricos. También que tanto mujeres como hombres en determinadas épocas del año, iban de noche a la cueva a realizar prácticas sexuales.

El topónimo de Bailadero viene por la creencia de que, en estos lugares, las brujas solían bailar a medianoche.

René Verneau cuenta en el siglo XIX, en relación a los bailaderos en Lanzarote

En el terreno de las brujas en Teguise se reunían a bailar; era la zona conocida como el bailadero de las brujas, en el llano de Sóo

En Canarias se  múltiples toponimias relacionadas con bailaderos y brujas. 

Bailaderos encontramos en Anaga en Tenerife, Garafía en La Palma, en San Bartolomé y en Telde en Gran Canaria.

Llanos de las Brujas en Arucas, Las Palmas de Gran Canaria y Telde en Gran Canaria, en Tegueste en Tenerife y en La Gomera. 

Encontramos Bailadero de las Brujas en Tindaya Fuerteventura, en El Sauzal en La Palma y en Güímar en Tenerife. 

Otra teoría más real y plausible, defiende que no eran bailaderos de brujas, sino baladeros. 

La cultura prehispánica realizaba una curiosa ceremonia en tiempos de sequía, para atraer a la lluvia. Creían que el llanto lastimero de los animales atraía la atención y la misericordia de las divinidades, y por eso llevaban a las ovejas y cabras a las zonas altas o despejadas de vegetación, para realizar un ritual. El ganado era alimentado selectiva e intermitentemente,  se separaban a las madres de las crías, provocando que los baifos balaran llamando a sus madres, mientras, los mahos daban voces aclamando a los dioses para que  les mandasen agua. Este ritual de la cultura aborigen prehispánica canaria, era común en todas las islas.

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